sábado, 31 de julio de 2010

The way you play

Están quienes de chicos iban al choque en los autitos chocadores, y esos que jugaban a esquivar a los demás.

lunes, 26 de julio de 2010

La creación

I

Antes de hacerlo, voy a contar por primera vez que desde hace trece, o tal vez catorce años, me sigue un hombre. Sergio es bajo -no debe medir más que yo que no llego al metro setenta-, bien flaco, y tiene los hombros como sauces llorones. Creo que fue por ese cuerpo desdichado que nunca me dio miedo: supongo que si hubiera sido lindo o fornido, aquella primera vez que lo descubrí espiándome desde la esquina del colegio, mientras me levantaba yo el jumper para mostrarles a mis compañeras un machete que había escrito en mi pierna, lo hubiera denunciado. Digo denunciado ante mi mamá o a los gritos en la vereda. Sin embargo no lo hice. Ni en ese momento ni a la semana siguiente, cuando lo encontré sentado en el cantero de entrada a mi casa. En cambio dijo hola, dije hola qué tal y me fui.
Sergio es vecino y vive con una mujer que tal vez sea su hermana. Las persianas de su casa suelen estar cerradas, con excepción de ese horario en que el sol comienza a bajar como martillo sobre el río y lo llena todo de una luz naranja que penetra a través de las ranuras, sacándose la ropa para mostrarse irresistible ante la pelusa y el polvo que se apuran a bailar en torno a ella.
Descubrí dónde vivía una tarde en que las casualidades se habían vuelto un desafío a mi percepción, cuando lo encontré sentado en el banco de la plaza El Ombú frente a la casa de un viejo amor, cargando una cámara de fotos antigua, de esas réflex manuales, y decidí llevarlo hasta una trampa. Caminé hacia el este, bajé por una de las barrancas que conducen al río, y me escondí a esperarlo: sabía que llegaría más rápido que él, simplemente por ser más joven y en tanto ágil, y podría encontrar el lugar indicado para atracarlo.
Me escondí detrás de un árbol retacón y lo vi aparecer con una de sus manos dentro del bolsillo de su saco, masticando el cabo de una hoja, ocultando sus ojos bajo los alambres electrizados que tiene por cejas; y cuando estuvo a pocos pasos de mí, salí de entre las hojas haciendo todo el ruido posible, lo tomé por la pera y le pregunté qué quería.
Contrario a lo que imaginé, Sergio sacó de su garganta una voz que no parecía la de alguien que seguía a una chica en uniforme: su tono era grave, se afirmaba sobre el viento y me preguntó si necesitaba algo, si me encontraba bien. Su seguridad y tranquilidad cambiaron la ecuación que tenía estudiada, le dije que me había equivocado de persona, y corrí por la barranca, esta vez hacia arriba.
Pero en ese momento vivía de acuerdo a mis caprichos –que por algún motivo nos enseñan a subestimar en la adultez-, y no me conformé. Entré en una garita de vigilancia vacía y lo esperé. Mientras estuve ahí, vi llegar al menos a cinco hombres y los vi hacer a todos lo mismo: estacionar frente a sus casas, abrir la puerta trasera del auto, bajar sus maletines, cerrar la puerta, activar la alarma, mirar hacia atrás, y entrar a sus casas, para sentarse seguramente frente a los televisores a ver el noticiero central, mientras que sus mujeres cocinan alguna pasta y los chicos se masturban en sus habitaciones con réplicas de autos, fotos de jugadores de rugby y la bandera de sus clubes clavada en la pared. Sentí depresión.
Sergio pasó por delante de mí pero no me vio. Lo dejé avanzar unos metros y crucé la vereda, amparada por la oscuridad de una noche cerrada, y lo seguí hasta su casa. Lo vi poner la llave en la puerta, como si se trata de uno más de todos esos hombres que a esa hora volvían de trabajar y me conmoví al ver que la mano de una mujer lo golpeó sobre sus venas hinchadas. Farfulló algo cerca de su cara, lo entró de un tirón y, cuando desaparecieron, me acerqué hasta el buzón y encontré una boleta de luz a nombre de Sergio Rodríguez.
A partir de aquel día, todos los días vi a Sergio. En el almacén, en la verdulería, por el medio de la calle, cruzando en contrario la avenida. Nos saludamos: hola, dice él, y yo hola qué tal.
A lo largo de más de una década, tuvo aspecto desconcertado en el restaurante la noche que festejé haber egresado del colegio; lo encontré cruzando la esquina del café en el que después estudiaría, con un libro debajo del brazo, la tarde que volví de mi primer día en la facultad; compró cigarrillos en el kiosco del hospital en el que me operaron de una infección y llevó un ramo de flores marchitas, con un sombrero que, como si le quedara grande, tapaba sus ojos, el día que me convertí en profesional.
Después de aquella primera vez que escuché la voz de Sergio, sólo volví a hacerlo una madrugada. En esa época yo salía con alguien que me quería y me cuidaba, lo cual bastaba para creerlo el indicado, y repetir al teléfono, al final de una conversación, al despertar, palabras de un amor que no conocía, pero al que creía quieto y universal, que después deseché y que, como el asesino a la escena del crimen, más tarde volví a buscar.
Pero le había sido infiel, por primera vez, y esa noche, después de hacerlo, volví hasta mi casa estancada en la desesperación, la culpa, el reproche. Caminaba envuelta por un abecedario heredado cuando vi a Sergio, que sonreía e irradiaba una luz que salía de su estómago hasta un faro. No sé qué luz alimentaba a cuál. Lo cierto es que ese hombre, ese Sergio adulto, parecía un niño cubierto por la vida de una placenta.
Extendió su mano y me alcanzó un papel que decía: “si se busca el crecimiento en la profundidad, entonces será necesario experimentar incluso aquello que en la superficie deja la sensación de que todo está perdido. Es sólo a partir de allí que comienza la verdadera construcción de un ser a elección”.

II

Y aunque supe querer otra cosa, mi vida no fue distinta a la de casi todos los demás. Mi popularidad adolescente me regaló los años más felices, es cierto; la intrascendencia posterior me ayudó a escribir mis mejores poemas, a experimentar mi sexualidad, a creer en la rebelión sin confiar demasiado en ella, o sin animarme a hacerla estallar entre los poros de mi existencia, puesto que nunca pude hacer nada más que envolverme en la retórica hasta que de tan repetida, la olvidé. Y el devenir adulto me hizo profesional, socialmente exitosa y una mujer compañera que se permite la dosis avalada por la consciencia de infidelidad. ¡Si lo hubiera advertido a tiempo!
Y mientras que yo no hice nada, más que casarme y sonreír para la sesión, Sergio envejeció. Sergio está viejo; sus cejas, blancas, su luz, cerrada. Debí haberlo notado: desde hacía un tiempo sus apariciones se habían convertido en rutinarias; ya no caminaba, se arrastraba, y prácticamente no me miraba.
No advertí ninguna de esas señales, lo llevé al extremo, no le di oportunidades, yo, envuelta en todo aquello y entonces lo de ayer:
Me detuve en la puerta de mi casa, como todos los días, y apareció como desde algún lugar invisible. Abrió la puerta de mi auto y dijo:
-No tengas miedo, es hora.
Me hizo seguirlo hasta la puerta de su casa. Llegamos, acarició mi cara y susurró:
-Hermoso ángel traicionado.
Se acercó despacio hasta mí, aspiró el aire que me rodeaba y me besó en los labios. No pude cerrar los ojos, y entonces lo vi beberse mi aliento, tragarse todo lo que tenía yo ahí, adentro y en mi periferia, en ese momento.
Abrió la puerta de su casa completamente oscura, me ordenó que entrara y cuando encendió la luz, vi aparecer como en diapositivas, cientos, tal vez miles de fotos mías clavadas en las paredes, pegadas en el piso, apiladas sobre la única mesa que había.
-¿Qué es todo esto? –le pregunté.
- Tu vida.
- ¿Y por qué está mi vida empapelando tu casa?
- No es nada más que tu vida.
- Pero ¿por qué un viejo decrépito, un viejo loco, obsesivo, tiene mi vida en la pared de su casa? –le grité. Por primera vez sentía impresión por todo aquello.
- Porque tu vida es también la mía –dijo mirando hacia abajo, con menos vergüenza por lo que había hecho durante todos esos años que desencanto por mi reacción –, porque sos la historia que elegí contar, a la que le dediqué todo mi devenir, siempre el devenir, y no creas que no siento desilusión.
Me quedé callada mirando las fotos que construían una vida que de ninguna manera podía sentir mía. ¿Esa era yo? Me reconocía en la joven de uniforme que sonreía, me reconocía en mi adolescencia, en mi entrada a la juventud, incluso reconocí a esa que leía el papel que Sergio le había entregado aquella madrugada, sonriendo a medias. Pero todo lo demás, ¿qué era? ¿Quién era? Esa mujer de traje, el pelo liso, las polleras, la seriedad.
Hizo que lo siguiera hasta una habitación pintada con fechas. Todos los días, desde hacía un año, estaban ahí. Y entonces me preguntó:
-¿Llegas a ver?
-Sí -le respondí, me senté en el piso y me eché a llorar.
Sergio me alcanzó un vaso con agua y tras él apareció esa mujer.
-¿Quién es ella? –le pregunté.
-Ella me asiste.
-¿Y por qué no me advirtieron?
-¿Puede un creador interferir en la vida de sus personajes?
-Intentaste hacerlo la noche en la que me diste ese papel.
-Fue todo lo que pude hacer, Valentina.
-No me llamo Valentina.
-En nuestra historia, sí –intervino ella.

domingo, 11 de julio de 2010

Laberinto

¿No es acaso la rebelión una premisa que horas más o menos se convierte en norma? ¿Por qué hace falta ser? ¿Ser rebelde? ¿Distinto? ¿Músico? ¿Intelectual? ¿Empresario? ¿Tiene algún fin? ¿No es buscando ser cuando todo queda inmediatamente perdido, esclavizado, incluso en la más viva rebelión? ¿La psicología colabora en estos procesos? ¿Para curar? ¿Y para qué curar? ¿Para ser normal: poder dormir, amar, compartir? ¿Con qué fin? ¿Con qué pretexto la aventura hacia el sentido? ¿Acaso lo que importa tiene que tener sentido? Por lo demás, ¿qué sentido es posible en un mundo injusto? Porque la justicia sí tiene un fin, ¿no? Al menos la divina. ¿O es una excusa tal a la de construir para añorar una añoranza que valga la pena, cuando sólo quede bajo nuestros pies el refugio del recuerdo? ¿No podríamos acaso inventar un pasado? ¿Para qué valernos de la realidad de lo que fue si, a fin de cuentas, también podríamos no estar convencidos de lo sucedido? ¿Es acaso el presente la única realidad comprobable? Y si lo es ¿por qué usamos nuestro presente para construir un futuro? ¿No es el porvenir una instancia más cercana a la muerte? Entonces, al aferrarnos a la vida en este contexto, ¿no nos enfrentamos a una contradicción? Si la vida sólo insiste en abandonarnos, mientras que la muerte nos espera, como segura de su amor, ¿no tiene mayor sentido construir una muerte valiente que una vida digna? Pero decía: ¿con qué pretexto la aventura hacia el sentido? Que es: ¿dónde se pule la llave que abre el sentido?

jueves, 8 de julio de 2010

lunes, 5 de julio de 2010

Esa mujer que me desvela

-Al terminar La fuerza de las cosas, usted dice: “Con estupor, calculo hasta qué punto he sido defraudada”. Todo el mundo ha hablado de esa frase, y la ha interpretado de modo diferente. Hoy se presenta la ocasión de que usted la explique.

-SIMONE DE BEAUVOIR: Hay que reubicar la frase en su contexto. Digo: cuando comparo lo que ha sido mi vida con lo que soñaba la adolescente que fui a los quince o dieciséis años, aunque esta vida haya cumplido con todas las promesas que me hacía en esos momentos, bien, hay… entonces creo que cito los versos de Mallarmé: “Ese perfume de tristeza que, aun sin lamentos y sin pesar, deja de cosecha de un sueño en el corazón de quien lo ha cosechado…”, algo como esto. Eso era lo que yo quería decir. Luego hay un texto de Sartre, en El ser y la nada, creo, que explica que el porvenir, cuando se lo sueña en tanto que porvenir, es algo hacia lo que se tiende, que está rodeado de un montón de espejismos. Y aun si el porvenir se cumple exactamente como se lo soñó, ya no es el sueño, puesto que es la presencia, está allí, está limitado a sí mismo y se convierte en algo terminado, mientras que el deseo y el sueño son cosas indefinidas.
Por lo tanto hay un desplazamiento entre el porvenir previsto, deseado, esperado, augurado, y el porvenir realizado que se ha convertido en el presente. Esto es lo que he querido decir.
(…)
Cuando se vive como yo lo he hecho, forzosamente se termina por considerarse defraudada.


Simone de Beauvoir, Por ella misma.

domingo, 4 de julio de 2010

Es hora de comer fideos

Los que confiamos en que la apuesta no sube,
que se da en banca horizontal,
no nos elevamos
ni hasta la terraza a descolgar la ropa.

La dejamos secar
entorpecida entre broches
porque confiamos en que
va a encontrar su lugar
para humedecerse o brillar.

La escalera es escalera:
está inclinada sobre sí;
para subir hay que gastar fuerzas,
sostener el aire,
insistir,
a lo mucho pasar de a dos escalones y gritar hurra,
controlar el aire,
quemar intuición,
gastar energía y, finalmente,
llegar a una terraza vecina
iluminada con caireles berretísimos
y ver,
aislado y con displicencia,
un panorama
que ya se conocía estando en la popular,
pero esta vez desde la lejanía celestial
(el cielo queda lejos y es histérico, asumámoslo de una vez),
en donde sólo hay nubes grises
eructándote en la jeta.

Preferimos no gerenciar,
no nos gusta la vigilancia
y entendemos
que no queremos perdernos de nada
de todo eso que está al costado,
tal vez a millones de kilómetros,
pero kilómetros rasos por los que se puede ir,
despacio,
mirando el entorno,
recolectando alguna fruta:
mandarinas y saber.

No trocamos nuestra mejor edad
-o en definitiva la vida-
que nos tacha palitos en la oreja
por trepar sobre sacrificios
como figuritas repetidas:
no queremos
no
ser parte del álbum modelo 2000.

Comemos fideos
y les metemos puerro y crema
para darle un mejor sabor.