Confío en Jobs. Confío en mirar hacia atrás y entender ese punto de inflexión y arriesgo como el sentido de una mujer construída por ideas y no por azar. De algo posible y, por Dios, qué sea trascendental.
viernes, 20 de diciembre de 2013
Jobs y las consecuencias
Confío en Jobs. Confío en mirar hacia atrás y entender ese punto de inflexión y arriesgo como el sentido de una mujer construída por ideas y no por azar. De algo posible y, por Dios, qué sea trascendental.
miércoles, 27 de noviembre de 2013
El Loco
jueves, 14 de noviembre de 2013
Renuncio Madafaka
sábado, 12 de octubre de 2013
Días de hormonas
viernes, 10 de mayo de 2013
30 años es mucho
jueves, 20 de diciembre de 2012
2012
domingo, 23 de septiembre de 2012
Podría
domingo, 5 de agosto de 2012
Redondo
lunes, 7 de mayo de 2012
Flow
lunes, 30 de abril de 2012
Novios, 1
lunes, 19 de marzo de 2012
Cosas chiquitas
Todo lo que me emociona es chiquito. Patti y los labios de Robert en un pequeño departamento de Nueva York o el segundo de una mirada cayéndole a mis ojos. Todo lo que me conmueve es abstracto, como la luz de mi casa, el cuadro de mi familia o la espuma de alguna orilla. Una palabra fuera de tiempo resucita el recuerdo de la señorita altiva y gris que fui y con eso, con eso, simplemente, es suficiente. Y sin embargo… Sin embargo a veces camino buscando monstros, historias compaginadas, almendras nacidas de un cerezo secándose al sol y pido al día cada vez que me despierta que me regale un cuento de ciencia ficción. Risas de pobres inocentes, neones que mi cuerpo rechaza o lo que sea que dé una razón para creer que algo de lo que sucede en esta vida tiene algún sentido. Y duermo sobre sábanas cada vez más caras, sonrío más-me río menos y olvido, a veces, que todo lo que me emociona es chiquito. Que lloramos de nostalgia en recitales que nos tatuamos, que cerramos libros de un golpe de impotencia, que estuvimos presos, muriendo en los rincones más oscuros de nuestra fantasía. Y que sobrevivimos. Que miramos una montaña y juramos compañía para toda esta vida y que todavía sostenemos esa palabra. Que nos gustan el cine, el teatro y la canción. ¡La papada de mi viejo! Cosas pequeñas, ¿no? Cosas que no dan, que incluso a veces quitan, cosas de las que nos queremos alejar porque son tan pequeñas y nosotros, pensamos, estamos para algo mucho peor. Buscamos más historias de Bukowski, más noches, noches, más fuegos, gritos, más plata, más fama, más popularidad, más certezas y sin embargo… Sin embargo ¿pensé? Ponemos lo pequeño en el rincón: el sillón en la esquina del living, la pierna sobre su pierna para dormir abrazados, mirándonos de cerca y respirándolos el olor hasta volver a sentir que todo lo que nos emociona es chiquito. Y asumirlo no es el problema. El problema es olvidar que podemos vivir, todavía y a pesar de todo, entre belleza y poesía.
miércoles, 22 de febrero de 2012
El tiempo
Me debo tiempo. Calidad en el tiempo. Pensar y decidir al tiempo. Me debo algunas partículas elementales –dirían- para conformar la primera base de quien quiero ser. Y, esa, es una deuda seria, señores. Una deuda por la que no deberían dejarnos salir del país. Me debo un par de alpargatas, esto es cierto y no es menor; me debo algo de memoria, también. Me debo una cuota de juventud que todavía no pagué, me debo mi sala vacía, silencio, una escuela real de homónimas miserias. Me debo mirar un poco más al reloj para verlo espeluznante. ¡Necesitamos que nos parezca espeluznante, demonios! Lo es. Me debo melancolía, pasión y una palabra fundamental. Me debo la vida que traje hasta acá. Y, lo que es peor, se la debo, ya, a alguien más. Mientras tanto, mientras no escribo en este blog ni en ningún otro lado, recurro a mis viejos subrayados y se los comparto, si es que todavía están por ahí. Confío –¡Dios mío de dónde he sacado yo las esperanzas!- en que sí.
“…la consciencia del paso del tiempo, que, ante la monotonía ininterrumpida, corre el riesgo de perderse y que está tan estrechamente emparentada y ligada a la consciencia de la vida que, cuando la una se debilita, es inevitable que la otra sufra también un considerable debilitamiento. Se han difundido muchas teorías erróneas sobre la naturaleza del hastío. En general, se piensa que, cuando algo es nuevo e interesante, hace pasar el tiempo, es decir, lo abrevia, mientras que la monotonía y el vacío entorpecen su marcha y hacen que se estanque. No obstante, esto no es del todo exacto. Cierto es que la monotonía y el vacío pueden dar la sensación de estirar el momento, las horas, de manera que se hagan largas y aburridas; pero no es menos cierto que, en el caso de grandes o grandísimas extensiones de tiempo, lo que hacen es abreviarlas, neutralizarlas hasta reducirlas a algo nimio. A la inversa, un acontecimiento novedoso e interesante es sin duda capaz de hacer más corta y fugaz una hora e incluso un día, pero, considerando el conjunto, confiere al paso del tiempo una mayor amplitud, peso y solidez, de manera que los años ricos en acontecimientos trascurren con mayor lentitud que los años pobres, vacíos y carentes de peso, que el viento barre y que pasan volando. Lo que llamamos hastío, pues, es consecuencia de la enfermiza sensación de brevedad del tiempo provocada por la monotonía. Los grandes períodos de tiempo, cuando trascurren con una monotonía ininterrumpida, llegan a encogerse en una medida que espanta mortalmente al espíritu. Cuando un día es igual que los demás, es como si todos ellos no fueran más que un único día; y una monotonía total convertiría hasta la vida más larga en un soplo que, sin querer, se llevaría el viento. La costumbre hace que la conciencia del tiempo se adormezca o, mejor dicho, quede anulada, y si los años de la niñez son vividos lentamente y luego el resto de la vida se desarrolla cada vez más deprisa y se acelera, también se debe a la costumbre. Sabemos perfectamente que introducir cambios y nuevas costumbres es el único medio del que disponemos para mantenernos vivos, para refrescar nuestra percepción del tiempo, en definitiva, para rejuvenecer, fortalecer y ralentizar nuestra experiencia del tiempo y, con ello, renovar nuestra conciencia de la vida en general”. Fragmento de la montaña mágica, Thomas Mann.
miércoles, 14 de diciembre de 2011
Recuerdos
martes, 13 de diciembre de 2011
Reseñas recomendadas
lunes, 5 de diciembre de 2011
Un hombre
Menos me seduce tu inteligente manera de explicármelo todo, que tu deseo por conocer mi opinión. No es tanto que me vuelvan tierna tus caricias dominantes, son más bien tus ojos, cerrados, mirándome así. No son ni tus certezas, ni tu compañía tándem distante y cercana; avasallante, imperativa y comprensiva, lo que me conquista de vos. No. Es mucho más tu risa cuando perdés. No son ni tus sorpresas, ni es tu convicción; no es la corona con la que me corres lo que me lleva a tu cama cada noche... incluso esta noche. Es, en todo caso, la inevitable elección. No era el lugar, no era el momento. No estábamos de acuerdo ni con tu pragmatismo ni con mi devoción. Eramos vos, yo y esta felicidad. Te lo digo a vos, que podrías ser el hombre ideal para cualquier mujer. Y, sin embargo, lo fuiste para mí.
sábado, 5 de noviembre de 2011
En busca de lo irreversible
La idea de la pareja intelectual está terminada. Hay un hombre que no conoce a Bukowski durmiendo en mi cama, y creo que ayer me dejó embarazada. Creo que tengo un hijo en el vientre y creo que es mujer. Todo lo que no soy es historia. El suicidio ya no me parece una opción, tampoco el aborto. Son ese tipo de decisiones que se pueden tomar antes de los 25. Después pasan a ser determinaciones cobardes y desalineadas. Y en eso sí tengo congruencia: no soy cobarde ni quería serlo.
Corro su pierna de encima de mi panza y lo empujo hacia el otro lado de la cama. Salgo del rulo de las sábanas y escucho que me llama. No tengo ganas de responder así que no lo hago. Sé que tengo que hacerme cargo de él, incluso más que de la china que se acomoda adentro como si este cuerpo que habita esta casa fuera un lugar seguro. Intento desenroscar un tarro de jalea de membrillo. Pongo agua a calentar y me apoyo de espaldas contra la mesada, dispuesta a pensar en qué hacer. Y sin embargo solo puedo pensar en que no entiendo por qué cierran tan fuerte los frascos y recuerdo: es por ese tipo de situaciones que a veces pienso en que quiero un hombre como el que duerme en mi cama, que arregla mi auto, pone estantes y me dice entre risas: “No tomes más, hermosa”.
Estoy segura de que si voy y lo despierto y le pido que abra el maldito frasco, él lo va a hacer. Y además va a exprimir las naranjas. Porque él me ama hasta ese punto tan doloroso y puto del amor de saber y aceptar que, sin embargo, yo a veces lo elijo.
Y tenemos piel. Realmente tengo ganas de cogérmelo casi todo el tiempo. Y lo hacemos y él es generoso: jamás termina sin mí. Y si no puedo, él tampoco quiere. Le insisto en que está bien que él goce y que yo después porque eso sí puedo prometerle: nos vamos a volver a ver.
Lu dice que tengo suerte de que me quiera tanto. Yo digo que suerte es otra cosa. Yo que pensaba en un hombre sentado al lado de un hogar, leyendo Pynchon, masturbándose delante mío mientras escribo mi obra maestra. ¿Y ahora qué hago con la negación que me sostenía?, me pregunto y Dios mío, al menos consigo abrir ese frasco.
Entonces saco pan, lo pongo en la tostadora; bajo la intensidad del fuego y silbo. Debería ser más romántica, pienso. Salgo. Compro cereales. Lu dice que tengo que hacer el esfuerzo. Pero yo no era de las que hacen esfuerzos. No creía ni en esfuerzos ni en merecimientos. Pero vuelvo. Preparo el mate, acomodo la bandeja. Dejo el desayuno sobre la mesa del televisor, corro las sábanas y lo miro. No me gusta, pienso. Y lo miro. Tiene ese lunar, y lo miro, aunque tal vez algo lo quiero, y lo miro. Mirar mirar mirar, querer... El me ama y Lu dice y lo que Lu dice me hace mirarlo y sí, lo quiero. Lo destierro de su inconsciencia y le pido que entre, que no piense. Y acaba, otra vez, adentro mío. Otra vez, ya sin preguntar. Faltaba que no me tuviera tanto respeto y me dejara mirarlo para descubrir que lo irreversible estaba, ya, del otro lado. "Fran: estoy embarazada".
domingo, 2 de octubre de 2011
Desovar
Te suelto
Y empujo
Como la montaña a la roca.
Te lloro
Y expulso
Como las nubes al pasado.
Te pienso
Y veo
A un hombre imperfecto,
Al seductor que golpea a la mujer que lo mira.
(El vaciador de mi tesoro:
el vaciador de las palabras).
Te silencio
Y abandono,
En mi tumba de los sábados,
Como al libro inentendido,
Sobre la mesa de dormir.
(¡Estábamos llenos de años
ya
para descuidar la ilusión!)
Te acompaño
Y libero,
Como el tortugo a su tortuga
Antes de parir.
Voy como ella a desovar
En la costa en que nací.
(Hoy ya no te elijo.
-Hoy-
Morí.
-Hoy-
Vive alguien más).
jueves, 11 de agosto de 2011
Ellos
Me gustan los hombres que se obsesionan con la piel. Que juegan con sus yemas. Es que son ellos quienes despiertan mi feminidad, quienes boicotean esta corta aptitud neurótica para la entrega; quienes zambullen sus plácidas narices en el centro creador de aromas; ellos, los ángeles que acuñan agua en el desierto de esas noches refugio de mi desnudez. Me gustan los hombres que toman las transversales, las marcas; me gustan las cicatrices, la lentitud de sus caricias al ritmo del fuego. Me gustan los hombres que no le temen al cuerpo. Los hombres suaves, lentos, los que tienen pausa. Los hombres que abren mis piernas mostrándome el erótico reflejo de mi cuerpo bajo sus ojos. Que apagan la oscuridad, que encienden la luz más distante; los que miran sin atravesar, ellos, los que en cambio esperan la lluvia ácida y confían en el poder del cíclope en conquista, en el ambiente, en el silencio sagrado; que entienden, estos ángeles, que necesitamos besarnos y crearnos íntimos: doblarnos y entonces sentirnos la más hermosa criatura de la noche para, sí, latiendo entre manos, penetrar en la escena con una corona irreversible.
lunes, 18 de julio de 2011
Las flores de algún balcón
domingo, 10 de julio de 2011
Volver, no siempre es volver
Por qué estos nervios. Si es solo una más de una secuencia conocida. Por qué esta ansiedad. ¿Tan corroída estaré? ¿Será una premonición? ¿Un sentimiento de culpa? Esperé su llamado en medio de esas preguntas monologas que funcionan como cadena alimenticia: devorando la cola de la más pequeña mientras que la siguiente es devorada por su posterior; esas preguntas que no acaban en ningún porvenir, las que están para marear y detenernos y a las que damos existencia por esa necesidad de intentar anular a nuestro primer respondedor. Sentía como una ansiedad amorosa. Su cara no es por mí. Solo estoy esperando detrás de la línea roja. No hay drogas, no hay armas. No robé. No insulté. No me quiero quedar. Esperaba a que ella, sin mirarme como hacía con los demás, diera la indicación mediando un gesto limpio con su mano de leche y oro negro para que avanzara y pudiera, al cabo, pellizcar mi frente con su mirada. Buenas noches; buenas noches. Documentos, por favor. Sí. ¿Motivo de su visita? Placer y curiosidad. ¿Así que otra argentina curiosa? Sí, argentina. Bienvenida a La Habana. Gracias. Porque tantas veces había querido ver a la Cuba de Fidel; tantas veces me habían hablado del país de la revolución que persiste, tanto había leído, en mi época ya añeja de ideales, que lo que sucedía era, al menos para mi posible estado de consciencia, la materialización de eso que llamamos rotundamente Un Sueño. Y entonces yo, que creía que lo que se imagina cuando es finalmente soñado acaba con la fantasía, tuve que callar y volver a otro, algún otro punto de fuga. Yo, que creía en las bolitas de mierda del aburrimiento que conlleva cierta edad después de la que, por haber visto ya varias cosas e, incluso, haberlas repetido, quedaba como opción la búsqueda de una tranquilidad espiritual, o la maternidad y su trascendencia, en La Habana tuve que atragantar mi especie y purgarme de ron, amor y sal. ¿Qué hiciste, La Habana, entera Cuba, con mis espejos y con las pocas ideas que quedaban sin cuestionar? Mataste mi admiración hacia tu revolución, es cierto, pero en cambio me convenciste en la fe. De gentes. No quiero que seas mi espejo, sino el cristal que miro de lejos. Y no tengo frío, cuando pienso en él. Ay, Leonel, después de aquella noche de Malecón, todavía guardaba respeto a la advertencia: no hablar con los cubanos, solo quieren tu plata, un trago, o casarse con vos. Sabés entender. Llevo reloj, aunque por entera pensé: para qué quería hablar yo con él, si no era por algo a cambio, en todo caso, también. Caminamos noche y es isla, imaginen, no hay fin sino eternidad. Entre su edad que a pesar de todo era la misma que la mía, el hombre bajó de la patrulla y le pidió identificación. ¡Ay, Leonel! ¿Qué hizo Leonel? Señorita, quédese tranquila, es un control, los estábamos siguiendo por las cámaras y ahí nomás, como caña al pez, sacó sus esposas, lo giró y ¡Ay, Leonel! Ya estabas apresado. Vi tus ojos navegar detrás de un rojo que entendí en tristeza, pero mi reloj de ciudad mandaba: es vergüenza, tiene vergüenza, su mentira fue jaqueada. ¿En qué andarás, Leonel? De detrás del vidrio gastado, moviste tus labios soltando un murmullo que no escuché. Te pedí que repitieras, pero el vidrio del carro policial no se mueve. Bajé un pie del cordón, sostuve mi peso con una mano sobre el cristal, acerqué mi oído y de nuevo no pude escuchar y sin embargo ver, descreída todavía, el camino de tu mano yendo a apoyarse contra la mía. Y entendí tus ojos, sentí tu bronca, a pesar de la frontera que fue el vidrio de aquel móvil, entre vos y yo. ¡El Panóptico también es comunista, demonios! En Cuba está prohibido que los cubanos hablen con los turistas. Porque ellos son cubanos y nosotros, turistas. Pero no crean, imperialistas, esto no es un derechazo hacia ustedes. En todo caso, no voy a hablar de política, es que no entiendo nada, nada más que a Leonel y a sus ojos que soltaron por 10 CUC, y desde entonces, caminamos juntos con metros de distancia. Y lo enseñé a Kenya que mientras dibujaba líneas en mi cabeza, trenzas cocidas igualitas a las de su hija, riendo sobre mi regazo, me regaló mi primer y certero deseo de amamantar. Brindó y me dijo: “Por nuestra amistad”. Y le dije: "Ja". Su simpleza es su regalo y el mío, un frasco de shampoo. ¿Dónde estará la libertad? Dijo: juegas con las cartas marcadas y se rió de mí. Me mostraste tu ron, tus habanos; me mostraste el alfeizar de mi rendición y me recordaste la letra de mi primera filosofía: el que abandona, no tiene premio. Me corriste, me cantaste, me hiciste bajar las cartas; me ganaste, me sentiste hermosa, me conquistaste, me emocionaste, me hiciste la hembra que le dicen y tanto que renegué: una hembra de deseo, de fuerza caribeña, me corriste la coma… Cuba, este cartón se metió en tu mar. Solo espero no estar debiendo estas arrugas -¡oh argentinidad!- sino ya haberlas pagado.