viernes, 20 de diciembre de 2013

Jobs y las consecuencias


Muchos conocemos las palabras que Steve Jobs dio en su famoso discurso en la Universidad de Stanford. Como en un discurrir novelístico, contó cómo en su vida cada suceso tuvo un sentido que se iluminó desde el presente. Cuando miras hacia atrás, los puntos se conectan, dijo. Y yo creo mucho en esta reflexión del fundador de Apple, más que en cualquier religión.
No se trata de avalar una idea de destino de justicia divina, se trata de creer en algo así como la karmática consecuencia de lo que hacemos o dejamos de hacer.
Creer en la consecuencia nos presiona a hacer las cosas bien. Por cosas bien no hablo de moralismo, ni de imposiciones, sino de vivir en función de lo que uno cree, lo contrario a acomodar los pensamientos en función de cómo uno vive.
No creo en el bien y el mal como eje universal. Creo en el respeto hacia nuestra propia concepción, hacia nuestras ideas. Se entiende la diferencia? En ese sutil pase de manos de palabras está la condición que nos determina como adultos.
Este año,cuando cumplí mis revolucionados treinta, me encontré teniendo que elegir entre el amor sentimental y el amor profesional. Como si fuera una dama rusa del siglo XIX, pero sin tapado de heroína. Por incompatibilidad entre mi pareja, su trabajo y el mío, tuve que elegir. Agarrar y soltar. Una fortuna, señores. Porque a pesar del dolor por lo que quedaba atrás, tuve en la palma de mi día a día la posibilidad de ejercer. Estuve de frente a la pizarra del ejercicio de ser libre. Hacerse libre. Vivir libre. Mi elección me hizo libre. Un fatal desafío que conmueve, no retorna, salva vida y nos convierte en hacedores.
Para tomar la decisión recurrí a una vieja enseñanza: Lacan sugería guíarse por las ideas y no por los deseos, puesto que los deseos cambian, se pierden, y las ideas sobreviven. Así, esa elección fue mucho más que detectar qué era lo que deseaba más. Esa elección tuvo que ver con qué clase de adulto quiero ser y con qué consecuencia espero encontrarme, del otro lado del fluír. 

Confío en Jobs. Confío en mirar hacia atrás y entender ese punto de inflexión y arriesgo como el sentido de una mujer construída por ideas y no por azar. De algo posible y, por Dios, qué sea trascendental.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

El Loco


Cuando sos chico, cuando no te importa ponerle coherencia a tu vida, haces las cosas simples. Sos vos en esplendor y desgracia. Algo así como el estupor del capitalismo. Una isla. Nada importan las masas y los mandatos. Pero después, muy inmediatamente después, vienen los adultos a contarnos que tenemos que vestirnos, no tirarnos pedos y callarnos ante las visitas. Reglas. Contexto. Eso que llaman modernamente sociedad.
Mi mama está casada con el hombre más políticamente incorrecto que conocí. Que a su vez es la persona más exitosa que conocí. Qué es el éxito para mí? Vivir haciendo lo que te gusta, con la mayor libertad posible. 
El marido de mi vieja llega a un cumpleaños, copa la mesa, y se lanza a hablar como si las palabras fueran monedas que caen en una alcancía. Le dicen el Loco. Y no es solo porque hace 40 años se fue remando a Bolivia y otras yerbas del estilo. Me contaron que una vez se puteó con Marcos Di Palma. Marquitos manejaba un auto al que él le conseguía publicidad y por lo que cobraba comisión. Vivía de eso para vivir pero poco le importó y lo mandó a cagar. Se quedó en pelotas. Siguió. Se superó. 
De chica me costaba entender sus cadenas de oro, su falta de ubicación y sus consejos crudos, ausentes de lo que entendía yo por romanticismo. En esa época pasaba mi tiempo leyendo mucha literatura francesa y nada que fuera duro, aspero, me caía bien. Pero de a poco entendí a Rimbaud, consumí a Márai, devoré a Bukowski y más tarde me puse mi agencia de comunicación, moda y relaciones públicas que me llevó a entender muchos de los consejos del Loco,
Los años pasaron, me encontré repitiéndolo, asumiendo sus verdades y lo que fue más contundente: admirándolo. No es fácil ser autónomo. Ni es fácil crecer sin la estantería de una empresa que pague un aguinaldo. Pero menos sencillo aún es construir vínculos desinteresados, en un mundo en que todo, o casi todo, corre por cuenta social y bancaria. 
El Loco es sabio pero sabio de la calle. No conoce reglas ortográficas pero entiende de la lógica de los vínculos. Su papa, Américo, murió hace poco, a los 97 años. En el velorio no había ningún amigo de Américo, claro, deben estar todos muertos o tal vez ya resucitados. Pero sí había muchos amigos del Loco. Entré caminando a la Chacarita y a la distancia noté la presencia de algo así como unas veinte personas esperando que empezara la siniestra misa dada por un cura sosteniendo un machete en su mano temblorosa. Llegué al lugar, saludé a todos y me llamó la atención que la gente que había era toda de distintos lugares. Gente amiga del Loco en promedio desde hacía más de 30 años, pero cada uno con una historia distinta. El Loco construyó vinculo por vinculo. Hasta en eso no pudo ser masivo. 
Es que el Loco jamás cagó a nadie e hizo miles de favores, más que nadie. Hasta adoptó un hijo y se hizo cargo de los cuatro que somos nosotros, los de mi vieja. “Si te pasa algo, no llames a nadie, llamame a mí”, le dijo al tipo que cuidó de Américo los últimos días de su vida. Y si te lo dice el Loco, descontá que es para siempre.
Anoche fui a visitarlo, a comer una tortilla con él y mi vieja y entre las cosas que me dijo, me aconsejó: “En la vida tenés que pelearte con alguien, no podés ser tibio. Pero si vas a mostrar los dientes, tenés que estar preparada para morder y bancartela”. 
Mi vieja sirvió café de vainilla. Hablé algo de las consecuencias, los cambios y la educación. El me miró con sus 65 años y remató: “Es mejor ponerte colorado algunas veces que vivir amarillo”

jueves, 14 de noviembre de 2013

Renuncio Madafaka


Mi trabajo es generar contenidos. Los pienso, les doy forma y los comunico. Soy la mediadora, el nexo entre los medios de comunicación -los masivos y los mas pequeños- y la marca que me contrata. Nada del otro mundo, sigo reglas, tengo un oficio. Y no puedo ni quiero negarlo, me gusta lo que hago y me da cierto placer ver cómo una acción que nació como una idea virgen es llevada a acción y luego se publica, se vuelve algo real, algo que ocupa un espacio y que tiene un valor. Pero si me gusta lo que hago es porque mi intención de significar en el mundo sobrevive en mí desde chica, lo cual es el yin del yang de  saber que, acaso, a ese significado olvidé responderle el para qué. 

Y no digo para qué en cuanto a mí. Digo para qué sirve lo que hago. Hablo en el mundo, en esta sociedad o en la que sea. Y no, por favor, no digamos que contribuyo al crecimiento de la imagen de marcas que así se hacen más grandes y generan más puestos de trabajo. Esto está bien y gracias al espiritu de mi abuelo que sucede. Tengo plena consciencia de que el mercado de la moda para el que sirvo mueve millones, billones de dólares en el mundo y genera que la rueda gire. Sin embargo no me consuela, no me vuelve responsable sino que me convierte en culpable. Porque entiendo que hay algo mas grande que nosotros que nos rodea y que nos agrupa, que está ahí. No lo vemos? 

Vamos, tenemos que estar viendo lo que está pasando. Esa forma cruel en la que todos queremos ser el mismo modelo de pertenencia y sufrimos, sufrimos como unas plantas fuera de su habitat porque somos distintos por azar y por naturaleza. Nuestras infancias no se parecen, nuestras familias no se parecen, nuestras posibilidades, vacaciones, incluso lo que comimos no se parece en nada. Ustedes comían pan con osobuco y galletitas de agua con roquefort mezclado con manteca para que rinda más? Bueno, algunos sí lo hicimos.

El asunto, amigos, es que todo eso que fuimos pasando para crecer, lo que nos tocó ver por azar y pudimos entender por naturaleza para llegar hoy a hacer lo que sea que estemos haciendo nos tuvo que haber dado un punto de vista y es acá, demonios, acá es donde digo: lloremos, velémoslo porque todo parce indicar que el punto de vista murió. No queremos ser únicos, no queremos ser diferentes, no queremos procesar lo que nos llega y conformar nuestra propia Matrix. No queremos tomarnos el tiempo. No queremos pensar. Solo queremos pertenecer, ser como el otro.

Hago contenido, muestro el contenido, se habla del contenido y “los consumidores” repiten el contenido. Enlatado. Manoseado. Despersonalizado. Y ahí vamos, zombies, repitiendo para querer ser, porque si tengo un Iphone lo puedo poner sobre la mesa y, dale, seguís teniendo Blckaberry? Ja, ja. Como cuando adolescentes, amigos, y la pasabamos tan bien en la previa y peleabamos por el mismo chico, el popular, así estamos: inflando el valor de lo que otros ya antes dijeron que era valioso, tal vez sin siquiera saber por qué.

Entonces el reproche tiene que ver con los roles. Nos preguntamos si existe Tinelli porque la gente necesita a Tinelli o si la gente quiere a Tinelli porque es lo que hay. Del mismo modo, genero contenidos en los que creo?  Quienes muestran este contenido, lo ven realmente valioso? Lo personalizan? Le agregan un punto de vista?

Cómo saber? Tal vez mi consuelo sea pensar contenidos a los que les digan que no, aunque un precioso grupo de blogueras lo haya instagrameado, replicado... olvidado, mientras todo el resto de la existencia lo compra, lo quiere, lo necesita (?). 

sábado, 12 de octubre de 2013

Días de hormonas

Están esos días que mejor escondernos. Esos pensamientos que mejor guardar. Esas lágrimas que tenemos que sacar en la soledad de nuestra habitación o dejar en el frasco de café. Golpeo la mesa en esos ratos en los que no merezco ser ni amada ni escuchada por mi, y sin embargo aclamo a todos los demás. Esa triste constante elocuente voz que murmura cansancios e injusticia, que recuerda el pasado y nos victimiza ante el presente. Son días que quieren vernos morir. Y el dolor está siempre al alcance, siempre hay motivos, tenemos patetismo. Esos días en que el silencio no existe. Están esos días en que ni un libro ni una amiga ni un baile. Esos días del mes que simplemente hay que dejar pasar hasta que el proceso hormonal gire otra vez.

viernes, 10 de mayo de 2013

30 años es mucho

Escribí desde una playa en Brasil en la que ya no estoy. Apoyado mi cuaderno en la cabeza de una matera vacía, viví la nostalgia que propone la anticipación del pensamiento, eso que casi siempre sucede con el pensar. Hoy estoy en Buenos Aires. En el mismo lugar de Buenos Aires. Con los mismos recuerdos, iguales amigos, pero con un año más, que no es un año igual para mí. Escribo desde la soledad en la que existimos, todos, a pesar de que al lado mío toma sol alguien que me ama; a pesar de que hoy duerme conmigo alguien que me elige. Y sin embargo nadie conoce nuestros pensamentos, ni siquiera nosotros, tal vez ni siquiera los más superficiales puesto que somos la interpretación. Escribo -vivo- desde la nostalgia constante de ver el tiempo pasar, mi vida transcurrir y a los espejos del destino mostrar que ante lo inevitable, sucumben nuestras batallas. Hoy cumplo 30 años y con todo aquello, quiero agradecer. No sé a quién. Tal vez al Universo, quiza deba ser a mi mamá. Como sea: gracias. Sobre todo gracias, demonios! por tanto sufrimiento y tanta alegría puesta a caudal. Gracias por enseñarme que la moneda tiene una cara y otra, escondida, y que aquello que parece contradicción, es en verdad la razón. Soy fuerte y soy sensible ante el gesto. Aprendí a aceptar que la injusticia subyace al mundo, y que el breve espacio de rebeldía nos hace verdaderos héroes. Gracias por dejarme elegir. Gracias por enseñarme a darle valor a los amigos. Porque gracias a eso, tengo hoy los compañeros que me salvan la existencia cada vez que no la encuentro, y que están del otro lado de mis ojos compartiendo mis euforias. Gracias por hacer de mí alguien capaz de amar con dolor. Gracias por las huellas y el viento en la cara. Por las arrugas debajo de mis ojos, los oyuelos en la piel. Gracias por todas las vidas que transcurrieron en estos 30 años. Por lo que dejé en otros que dejaron en mí y por aquellos a los que les di, y hoy ya no existen ni siquiera en mi memoria. Gracias por darme como madre a la mujer más hermosa del mundo y hacer equilibrio con el padre más ausente. Gracias por no regalarme ninguno de mis bienes personales. Gracias por cada caída. Por enseñarme a amar la palabra. Por la sonrisa hasta en los pies. Por enseñarme que la ganancia muchas veces es silenciosa, que no se ve. Gracias por darme un trabajo que trascendió incluso mis sueños. Gracias por cada hombre, por cada amigo, por cada jefe, por cada bronca, cada viaje, por el tiempo que pareció perdido y por lo que sea que haya del otro lado de estos 30 años. Como sea, gracias a la vida, que me dio tanto. 

jueves, 20 de diciembre de 2012

2012


Quiero entregarle el año a una ola para que a su vuelta rompan en mis pies las respuestas a tantos por qué.  Después de tanto, tiene que haber un por qué. Al menos una intención de por qué. Aunque sea el motivo causal. Quiero ir a pedirle al océano que se lleve mis palabras mareadas y me traiga de vuelta la luz de una idea. Quiero que el dolor se transforme. Quiero que en la espalda de lo que parece injusto haya una razón. Y quisiera también que nadie al rededor mío pase tristezas ni soledades, que nadie mienta, que nadie se esconda, que todos perdonemos y aceptemos, que no nos juzguemos, que sepamos que somos lo mejor que podemos... que pudimos; que nos abracemos más y nos critiquemos menos. Quisiera que el dolor que pude provocar se cure magicamente y quisiera tener un papa feliz, que me enseñe a ser feliz. Tal vez haya deseos que no se cumplan. Pero al menos me alivia saber que después de 2012 no va a haber otro 2012 jamás. Me alivia saber que después de 2012, ya nunca más seré la que fui.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Podría


Podría llorar todos los días. Tengo motivos personales, incluso sociales.
Podría hablar con algunas miserias que hice melancolía y otras mentiras que olvidé.
Pordía realmente quedarme tirada sobre mi cama, durmiendo y desesperada, como tantas noches.
Podría no comer y echarme a morir, aunque seguro no encontraría liberación sino hambre y debilidad.
Podría decir que este mundo está aplastado contra su espejismo, reír siniestramente y recordar a cada uno de los hombres que no me vio venir.
Podría ejercer mi razón sobre mi pasión y tal vez ahí sí se acabaría.
Podría no tatuarme más y dejar que mi cuerpo mute a su albedrío. 
Podría esperar y morir desesperada.
Podría contarles a todos ustedes cuántas fueron las veces que ví a hombres y mujeres no acordar con sus deseos, no elegir sobre su destino, y darles la noticia de que son estos los seres que sostienen la sociedad.
Podría contarle también a algunas mujeres cuántos de los que creen sus hombres me amaron a sus espaldas, mientras a sus frentes, mientras a sus frentes...
Podría no creer. No confiar. Podría no escribir.
Podría decir que todo cuanto decimos no es otra cosa que la búsqueda de excusas para aliviar la existencia.
Podría.
Pero por suerte decido yo.  

domingo, 5 de agosto de 2012

Redondo


De la primera forma que entra un hombre en la vida de una mujer es irresponsable. Y la mujer lo acepta porque necesita que suceda. Y el hombre le dice te amo porque no contempla la existencia del futuro. Y la mujer lo ama porque él la ama, y porque contempla la existencia del futuro. Y el hombre un día no puede amar más. Y la mujer se queda con la construcción, las ilusiones, las maravillas de lo posible aplastándole las tetas hasta la base de su espalda. 

lunes, 7 de mayo de 2012

Flow

Otra vez se acerca mi cumpleaños y otra vez tengo el lagrimal trabajando durísimo. Creo que quiere competir en fisicoculturismo. Atajen esta: lloré con las declaraciones de Rial que habló de amor y de estar vivo y de la voz de su papá. Qué se yo. Tengo sentimientos todavía y a veces recuerdo con nostalgia ese momento de mi vida en que barría las hojas del barrio con la rueda de mi bici para tocarle el timbre a Ludmila, la hermosa princesa salvadora, Ludmila, y le gritaba, apoyando un pie sobre la reja para no caer, sentada en el asiento roto de la bicicleta: “Vamos al río que tengo que contarle algunas desgracias”. Qué se yo. A veces todavía quisiera no saber qué significa flow ni cheque ni top of mind ni on goin’ ni asap. Ni asap. Es que cuando leo asap, corro. Corro como si en verdad hubiera algún lugar digno para llegar. Como si la dignidad acaso existiera. Corro como si un banderillero me esperara. Como si alguien esperara en verdad algo de mí, por nada. Corro como si tuviera que ser la primera en morir. Eso les conté? Ah, sí, fantaseo con ser la primera de mis amigas en morir. Me gustaría allanarles el camino y recibirlas tal vez con una torta de nuez como la que hace mi vieja para mis cumpleaños o tal vez con un vino y contarles lo bien que se la pasa, aunque se la pase como el orto. Para amortizarlas, si acaso llega a hacer falta. Ya aprendimos que, total, después y con justicia autónoma, cada uno construye su verdad, que es intransferible y te garcha cuando quiere. La violación está contemplada, señores. Entonces escuchaba a Rial que hablaba algo así como que se había dado cuenta que era un infeliz y yo me pregunté si era tal cosa. Recordé que no creo en la felicidad como concepto pero me animé a asumir que en verdad sí creo, que digo que no porque alguna vez lo leí o porque me lo dijeron y ahora que voy a cumplir 29 años, que pienso que es una bocha, pido un deseo y es creer. Al menos en Rial, qué se yo. Al menos en que hay que hacer cosas hermosas, para vivir una vida hermosa.

lunes, 30 de abril de 2012

Novios, 1


Cuando hablo de Fabián hablo en pasado. Digo Fabián era, Fabián fue, Fabián me hacía. Es que Fabián está muerto. Lo conocí antes de verlo, por Internet. Y nos enamoramos mucho mejor que muchas ficciones. Eramos capaces de mirarnos durante horas y hablarnos con la punta de nuestras narices. Pensábamos que nos unía una cuestión cósmica, trascendente, de amor absoluto y eternidad y el problema fue que hablamos tanto acerca de toda esa magia espiritualycosmogaláctica que no tengo la menor idea de cómo se llamaba su mamá. Con Fabián tuve más de un orgasmo en una misma cogida por primera vez y cumplí mi deseo poético de besarme bajo la lluvia, en una calle adoquinada de Buenos Aires. ¡Ja! Disculpen la risa que me da. Con él me drogué por primera vez, me amotiné en su departamento y una noche estuve a punto de matarlo. Por primera vez. Fue la noche que cocinó carne al horno con papas, batatas y cebolla en que se metió tan eficientemente por los agujeros de mi psiquis que en un truco de paso, brillante –quiero decir-, lo empujé contra la heladera, apreté su cuello y vi objetivamente lo fácil que hubiera sido terminar con el poder total que tenía esa mirada sobre mí. Tendría que haberme ido y esperar a que se pasara. Si nunca dejé de saberlo: siempre se pasa. Pero en cambio solté su cuello, pedí perdón y después me deprimí. El valía, al punto de leer Fragmentos del discurso amoroso dos veces consecutivas. Le rogué tanto, demonios. Corrí atrás de un colectivo y me equivoqué muchísimo con la elección de cada metáfora que use para decir mi verdad que era, como si aquello fuera simple, que amaba a esos dos chicos tan torpes que habíamos elegido para nuestra historia. Me sentía joven entre sus pulsiones derramadas en mi espalda y yo tengo un problema tremendo con la edad que un poco tiene que ver con el culo pero más que nada con la idea tristísima que se me viene al imaginarme con 50. Fabián y yo jamás existimos para los demás. Y, desde el momento que me enamoré de Víctor, Fabián ya no existe para mí. A veces me pregunto si el chico que lleva su figura en Belgrano R. no se llamará Ricardo. 

lunes, 19 de marzo de 2012

Cosas chiquitas

Todo lo que me emociona es chiquito. Patti y los labios de Robert en un pequeño departamento de Nueva York o el segundo de una mirada cayéndole a mis ojos. Todo lo que me conmueve es abstracto, como la luz de mi casa, el cuadro de mi familia o la espuma de alguna orilla. Una palabra fuera de tiempo resucita el recuerdo de la señorita altiva y gris que fui y con eso, con eso, simplemente, es suficiente. Y sin embargo… Sin embargo a veces camino buscando monstros, historias compaginadas, almendras nacidas de un cerezo secándose al sol y pido al día cada vez que me despierta que me regale un cuento de ciencia ficción. Risas de pobres inocentes, neones que mi cuerpo rechaza o lo que sea que dé una razón para creer que algo de lo que sucede en esta vida tiene algún sentido. Y duermo sobre sábanas cada vez más caras, sonrío más-me río menos y olvido, a veces, que todo lo que me emociona es chiquito. Que lloramos de nostalgia en recitales que nos tatuamos, que cerramos libros de un golpe de impotencia, que estuvimos presos, muriendo en los rincones más oscuros de nuestra fantasía. Y que sobrevivimos. Que miramos una montaña y juramos compañía para toda esta vida y que todavía sostenemos esa palabra. Que nos gustan el cine, el teatro y la canción. ¡La papada de mi viejo! Cosas pequeñas, ¿no? Cosas que no dan, que incluso a veces quitan, cosas de las que nos queremos alejar porque son tan pequeñas y nosotros, pensamos, estamos para algo mucho peor. Buscamos más historias de Bukowski, más noches, noches, más fuegos, gritos, más plata, más fama, más popularidad, más certezas y sin embargo… Sin embargo ¿pensé? Ponemos lo pequeño en el rincón: el sillón en la esquina del living, la pierna sobre su pierna para dormir abrazados, mirándonos de cerca y respirándolos el olor hasta volver a sentir que todo lo que nos emociona es chiquito. Y asumirlo no es el problema. El problema es olvidar que podemos vivir, todavía y a pesar de todo, entre belleza y poesía.

miércoles, 22 de febrero de 2012

El tiempo

Me debo tiempo. Calidad en el tiempo. Pensar y decidir al tiempo. Me debo algunas partículas elementales –dirían- para conformar la primera base de quien quiero ser. Y, esa, es una deuda seria, señores. Una deuda por la que no deberían dejarnos salir del país. Me debo un par de alpargatas, esto es cierto y no es menor; me debo algo de memoria, también. Me debo una cuota de juventud que todavía no pagué, me debo mi sala vacía, silencio, una escuela real de homónimas miserias. Me debo mirar un poco más al reloj para verlo espeluznante. ¡Necesitamos que nos parezca espeluznante, demonios! Lo es. Me debo melancolía, pasión y una palabra fundamental. Me debo la vida que traje hasta acá. Y, lo que es peor, se la debo, ya, a alguien más. Mientras tanto, mientras no escribo en este blog ni en ningún otro lado, recurro a mis viejos subrayados y se los comparto, si es que todavía están por ahí. Confío –¡Dios mío de dónde he sacado yo las esperanzas!- en que sí.



“…la consciencia del paso del tiempo, que, ante la monotonía ininterrumpida, corre el riesgo de perderse y que está tan estrechamente emparentada y ligada a la consciencia de la vida que, cuando la una se debilita, es inevitable que la otra sufra también un considerable debilitamiento. Se han difundido muchas teorías erróneas sobre la naturaleza del hastío. En general, se piensa que, cuando algo es nuevo e interesante, hace pasar el tiempo, es decir, lo abrevia, mientras que la monotonía y el vacío entorpecen su marcha y hacen que se estanque. No obstante, esto no es del todo exacto. Cierto es que la monotonía y el vacío pueden dar la sensación de estirar el momento, las horas, de manera que se hagan largas y aburridas; pero no es menos cierto que, en el caso de grandes o grandísimas extensiones de tiempo, lo que hacen es abreviarlas, neutralizarlas hasta reducirlas a algo nimio. A la inversa, un acontecimiento novedoso e interesante es sin duda capaz de hacer más corta y fugaz una hora e incluso un día, pero, considerando el conjunto, confiere al paso del tiempo una mayor amplitud, peso y solidez, de manera que los años ricos en acontecimientos trascurren con mayor lentitud que los años pobres, vacíos y carentes de peso, que el viento barre y que pasan volando. Lo que llamamos hastío, pues, es consecuencia de la enfermiza sensación de brevedad del tiempo provocada por la monotonía. Los grandes períodos de tiempo, cuando trascurren con una monotonía ininterrumpida, llegan a encogerse en una medida que espanta mortalmente al espíritu. Cuando un día es igual que los demás, es como si todos ellos no fueran más que un único día; y una monotonía total convertiría hasta la vida más larga en un soplo que, sin querer, se llevaría el viento. La costumbre hace que la conciencia del tiempo se adormezca o, mejor dicho, quede anulada, y si los años de la niñez son vividos lentamente y luego el resto de la vida se desarrolla cada vez más deprisa y se acelera, también se debe a la costumbre. Sabemos perfectamente que introducir cambios y nuevas costumbres es el único medio del que disponemos para mantenernos vivos, para refrescar nuestra percepción del tiempo, en definitiva, para rejuvenecer, fortalecer y ralentizar nuestra experiencia del tiempo y, con ello, renovar nuestra conciencia de la vida en general”. Fragmento de la montaña mágica, Thomas Mann.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Recuerdos

La angustia volvió a Carmela. Está lloviendo. Llueve igual que aquel día de diciembre en que las gotas compactas como caramelos cristal parecieron salvar su vida. Moría de calor, o de frío, entre esos brazos que apretaban sus senos. La delicia de la angustia está otra vez para recordarle que el pasado no existe, que lo que fue está en el presente. La convivencia con la historia es el talón de Aquiles del New Age y de ella y de todos los demás que jamás podrán dejar de haber sido. El olor a tierra abre sus orificios y quiere escupir el cuerpo por la boca. Lo odia. Puede ver su vientre aplastado contra su cara de nena. Blanca, Carmela reza. No quiere recordar ya aquella pelea por espantar el arrebato jadeante del hombre susurrando incongruencias mientras ella, empastada de asco, balbucea algo que procure el final. Carmela quiere tomar el té, comer galletitas de avena miel y pasas y sin embargo, vuelve. Sigue escupiendo. Teje para los pobres porque, la verdad es, le teme el karma. Teje con fuerza, apretando los puntos, arruinando la belleza del tejido como cada vez que recuerda las gotas inundando aquel pozo, ahogándolo. Carmela tiene sed, siempre tiene sed y es por ese dato objetivo que cree que la subjetividad es una ironía. Sabe que no es ella, ni fue él, un miembro subjetivo del planeta. Lo que sucede, no siempre conviene. Lo que sucede, simplemente, significa. Carmela camina hasta la cocina y toma una jarra. Está llena de burbujas. La jarra, ella y la tierra afuera. Bebe un vaso. Bebe otro. Bebe cuatro vasos de agua y vuelve al living. Ni la televisión ni el tejido quitan de encima la cara de aquel hombre que parecía muerto antes de estarlo, cuando, sedado, se hundía en un rincón de su jardín. Esa tarde de verano quiso que lloviera más. No le importaron, siquiera, sus zapatos de taco marrón. Deseaba ver el pozo rebalsar, deseaba no volver a ver aquellas nalgas de triple pliego caminar sudorosas hacia el baño. Mira por la ventana. Le pide a una mosca posada entre la puerta y el mosquitero que vuele. Pero la mosca sigue ahí, igual que ella, resguardándose de la tormenta; le pide a la lluvia que pare. Pero la lluvia es una cascada de monedas. De pronto son dos las moscas sobre el mosquitero y ella les dice que no quiere acordarse más. Por favor, quiten a la lluvia. Pero en su casa de campo, nadie la escucha. Las moscas copulan, hermosas. Carmela las mira, les pide perdón y golpea la ventana. Las moscas vuelan. Gira veloz para ver el living detrás de sí. Sigue sola. Vuelve a mirar a través la ventana. Muda, patea el zócalo, se sienta en el piso y entonces escucha a alguien que parece venir de su propio cuerpo, decir que lo que pasa, Carmela, es que el recuerdo es la consecuencia principal de vivir.

martes, 13 de diciembre de 2011

Reseñas recomendadas

http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Orhan-Pamuk-Museo-inocencia_0_603539758.html

-Cuando uno relee una novela...bueno, primero te das cuenta de que son, por ejemplo, ochocientas páginas. En una segunda lectura, tal vez relees sólo unas cuantas de esas páginas. Y te vas dando cuenta de que la mayoría de las cosas que lees en una novela te las olvidas. Pero te quedas con una impresión. La alegría. El gozo. La sensación de descubrimiento que esa novela te dio. Muchos de los detalles se olvidan. La segunda vez que lees la novela prestas atención a otros detalles. La primera vez estás atento a lo que va a pasar, a quién se va a casar con quién. En cuanto uno más lee una novela más le presta atención a las cosas finas. Por ejemplo, el bolso pequeño rojo que Anna Karenina lleva con ella al principio de la novela o al fin de la novela cuando está a punto de suicidarse. Releer es ver cosas diferentes cada vez. Y, por supuesto, somos felices cuando vemos y encontramos estas cosas. Comenzamos a hablar con el libro. Me importa mucho la relectura porque redescubro el libro pero también porque me doy cuenta de cómo yo también he cambiado. En mi juventud leía como un animal hambriento que se devoraba todo. Sólo para tener una idea de lo que estaba pasando en el mundo. Ahora, más tarde en la vida, leo más lento y le presto atención a detalles mínimos, pequeñas coincidencias; le presto más atención a objetos y colores.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Un hombre

Menos me seduce tu inteligente manera de explicármelo todo, que tu deseo por conocer mi opinión. No es tanto que me vuelvan tierna tus caricias dominantes, son más bien tus ojos, cerrados, mirándome así. No son ni tus certezas, ni tu compañía tándem distante y cercana; avasallante, imperativa y comprensiva, lo que me conquista de vos. No. Es mucho más tu risa cuando perdés. No son ni tus sorpresas, ni es tu convicción; no es la corona con la que me corres lo que me lleva a tu cama cada noche... incluso esta noche. Es, en todo caso, la inevitable elección. No era el lugar, no era el momento. No estábamos de acuerdo ni con tu pragmatismo ni con mi devoción. Eramos vos, yo y esta felicidad. Te lo digo a vos, que podrías ser el hombre ideal para cualquier mujer. Y, sin embargo, lo fuiste para mí.

sábado, 5 de noviembre de 2011

En busca de lo irreversible

La idea de la pareja intelectual está terminada. Hay un hombre que no conoce a Bukowski durmiendo en mi cama, y creo que ayer me dejó embarazada. Creo que tengo un hijo en el vientre y creo que es mujer. Todo lo que no soy es historia. El suicidio ya no me parece una opción, tampoco el aborto. Son ese tipo de decisiones que se pueden tomar antes de los 25. Después pasan a ser determinaciones cobardes y desalineadas. Y en eso sí tengo congruencia: no soy cobarde ni quería serlo.

Corro su pierna de encima de mi panza y lo empujo hacia el otro lado de la cama. Salgo del rulo de las sábanas y escucho que me llama. No tengo ganas de responder así que no lo hago. Sé que tengo que hacerme cargo de él, incluso más que de la china que se acomoda adentro como si este cuerpo que habita esta casa fuera un lugar seguro. Intento desenroscar un tarro de jalea de membrillo. Pongo agua a calentar y me apoyo de espaldas contra la mesada, dispuesta a pensar en qué hacer. Y sin embargo solo puedo pensar en que no entiendo por qué cierran tan fuerte los frascos y recuerdo: es por ese tipo de situaciones que a veces pienso en que quiero un hombre como el que duerme en mi cama, que arregla mi auto, pone estantes y me dice entre risas: “No tomes más, hermosa”.

Estoy segura de que si voy y lo despierto y le pido que abra el maldito frasco, él lo va a hacer. Y además va a exprimir las naranjas. Porque él me ama hasta ese punto tan doloroso y puto del amor de saber y aceptar que, sin embargo, yo a veces lo elijo.

Y tenemos piel. Realmente tengo ganas de cogérmelo casi todo el tiempo. Y lo hacemos y él es generoso: jamás termina sin mí. Y si no puedo, él tampoco quiere. Le insisto en que está bien que él goce y que yo después porque eso sí puedo prometerle: nos vamos a volver a ver.

Lu dice que tengo suerte de que me quiera tanto. Yo digo que suerte es otra cosa. Yo que pensaba en un hombre sentado al lado de un hogar, leyendo Pynchon, masturbándose delante mío mientras escribo mi obra maestra. ¿Y ahora qué hago con la negación que me sostenía?, me pregunto y Dios mío, al menos consigo abrir ese frasco.

Entonces saco pan, lo pongo en la tostadora; bajo la intensidad del fuego y silbo. Debería ser más romántica, pienso. Salgo. Compro cereales. Lu dice que tengo que hacer el esfuerzo. Pero yo no era de las que hacen esfuerzos. No creía ni en esfuerzos ni en merecimientos. Pero vuelvo. Preparo el mate, acomodo la bandeja. Dejo el desayuno sobre la mesa del televisor, corro las sábanas y lo miro. No me gusta, pienso. Y lo miro. Tiene ese lunar, y lo miro, aunque tal vez algo lo quiero, y lo miro. Mirar mirar mirar, querer... El me ama y Lu dice y lo que Lu dice me hace mirarlo y sí, lo quiero. Lo destierro de su inconsciencia y le pido que entre, que no piense. Y acaba, otra vez, adentro mío. Otra vez, ya sin preguntar. Faltaba que no me tuviera tanto respeto y me dejara mirarlo para descubrir que lo irreversible estaba, ya, del otro lado. "Fran: estoy embarazada".

domingo, 2 de octubre de 2011

Desovar

Te suelto

Y empujo

Como la montaña a la roca.

Te lloro

Y expulso

Como las nubes al pasado.

Te pienso

Y veo

A un hombre imperfecto,

Al seductor que golpea a la mujer que lo mira.

(El vaciador de mi tesoro:

el vaciador de las palabras).


Te silencio

Y abandono,

En mi tumba de los sábados,

Como al libro inentendido,

Sobre la mesa de dormir.

(¡Estábamos llenos de años

ya

para descuidar la ilusión!)


Te acompaño

Y libero,

Como el tortugo a su tortuga

Antes de parir.

Voy como ella a desovar

En la costa en que nací.

(Hoy ya no te elijo.

-Hoy-

Morí.

-Hoy-

Vive alguien más).

jueves, 11 de agosto de 2011

Ellos

Me gustan los hombres que se obsesionan con la piel. Que juegan con sus yemas. Es que son ellos quienes despiertan mi feminidad, quienes boicotean esta corta aptitud neurótica para la entrega; quienes zambullen sus plácidas narices en el centro creador de aromas; ellos, los ángeles que acuñan agua en el desierto de esas noches refugio de mi desnudez. Me gustan los hombres que toman las transversales, las marcas; me gustan las cicatrices, la lentitud de sus caricias al ritmo del fuego. Me gustan los hombres que no le temen al cuerpo. Los hombres suaves, lentos, los que tienen pausa. Los hombres que abren mis piernas mostrándome el erótico reflejo de mi cuerpo bajo sus ojos. Que apagan la oscuridad, que encienden la luz más distante; los que miran sin atravesar, ellos, los que en cambio esperan la lluvia ácida y confían en el poder del cíclope en conquista, en el ambiente, en el silencio sagrado; que entienden, estos ángeles, que necesitamos besarnos y crearnos íntimos: doblarnos y entonces sentirnos la más hermosa criatura de la noche para, sí, latiendo entre manos, penetrar en la escena con una corona irreversible.

lunes, 18 de julio de 2011

Las flores de algún balcón

Si pienso en cambiar mis reglas más profundas, ajustarlas al avance del tiempo -leamos experiencia-, digo amoldarme a las secuelas del ya lo vi y ensayar un faraónico he aprendido, entonces arriesgo, un poco, resigno y vuelvo a dar; si pienso en seguir bajo mi bandera, dejándola imperar como trono al rey, digo abastecerme del a mí de acá no me bajan porque antes que cansada, muerta, entonces también arriesgo, un poco, me resigno y, con el mismo mazo, vuelvo a dar; si pienso en dejarlo ser y hago de los tiempos que son ciclos de la luna una ley, digo, de acuerdo a Rilke que pensó: deje que la vida trascurra. Créame: la vida tiene razón, en todos los casos, entonces no arriesgo en la pulsión de decidir, sí arriesgo ante esta decisión, resigno algunas posibilidades concretamente deseadas, y ninguna otra más, y sigo dando. Si, con todo, elijo suponer que mientras haya música y haya sangre y haya héroes y haya dramas, digo dramáticos, haya pobres artesanos del silencio ficticio, poetas que copiar, películas ahí, diálogos que ensayar, historias sin contar, celos que reconocer, mientras haya aunque sea una esperanza rota habrá siguiente, entonces creo que me seguiré preguntando, desde cualquiera de los balcones que cuelgan de este cálido laberinto, qué resignar, qué hay que arriesgar para llegar a ser y digo entonces: ¿ser qué?

domingo, 10 de julio de 2011

Volver, no siempre es volver

Por qué estos nervios. Si es solo una más de una secuencia conocida. Por qué esta ansiedad. ¿Tan corroída estaré? ¿Será una premonición? ¿Un sentimiento de culpa? Esperé su llamado en medio de esas preguntas monologas que funcionan como cadena alimenticia: devorando la cola de la más pequeña mientras que la siguiente es devorada por su posterior; esas preguntas que no acaban en ningún porvenir, las que están para marear y detenernos y a las que damos existencia por esa necesidad de intentar anular a nuestro primer respondedor. Sentía como una ansiedad amorosa. Su cara no es por mí. Solo estoy esperando detrás de la línea roja. No hay drogas, no hay armas. No robé. No insulté. No me quiero quedar. Esperaba a que ella, sin mirarme como hacía con los demás, diera la indicación mediando un gesto limpio con su mano de leche y oro negro para que avanzara y pudiera, al cabo, pellizcar mi frente con su mirada. Buenas noches; buenas noches. Documentos, por favor. Sí. ¿Motivo de su visita? Placer y curiosidad. ¿Así que otra argentina curiosa? Sí, argentina. Bienvenida a La Habana. Gracias. Porque tantas veces había querido ver a la Cuba de Fidel; tantas veces me habían hablado del país de la revolución que persiste, tanto había leído, en mi época ya añeja de ideales, que lo que sucedía era, al menos para mi posible estado de consciencia, la materialización de eso que llamamos rotundamente Un Sueño. Y entonces yo, que creía que lo que se imagina cuando es finalmente soñado acaba con la fantasía, tuve que callar y volver a otro, algún otro punto de fuga. Yo, que creía en las bolitas de mierda del aburrimiento que conlleva cierta edad después de la que, por haber visto ya varias cosas e, incluso, haberlas repetido, quedaba como opción la búsqueda de una tranquilidad espiritual, o la maternidad y su trascendencia, en La Habana tuve que atragantar mi especie y purgarme de ron, amor y sal. ¿Qué hiciste, La Habana, entera Cuba, con mis espejos y con las pocas ideas que quedaban sin cuestionar? Mataste mi admiración hacia tu revolución, es cierto, pero en cambio me convenciste en la fe. De gentes. No quiero que seas mi espejo, sino el cristal que miro de lejos. Y no tengo frío, cuando pienso en él. Ay, Leonel, después de aquella noche de Malecón, todavía guardaba respeto a la advertencia: no hablar con los cubanos, solo quieren tu plata, un trago, o casarse con vos. Sabés entender. Llevo reloj, aunque por entera pensé: para qué quería hablar yo con él, si no era por algo a cambio, en todo caso, también. Caminamos noche y es isla, imaginen, no hay fin sino eternidad. Entre su edad que a pesar de todo era la misma que la mía, el hombre bajó de la patrulla y le pidió identificación. ¡Ay, Leonel! ¿Qué hizo Leonel? Señorita, quédese tranquila, es un control, los estábamos siguiendo por las cámaras y ahí nomás, como caña al pez, sacó sus esposas, lo giró y ¡Ay, Leonel! Ya estabas apresado. Vi tus ojos navegar detrás de un rojo que entendí en tristeza, pero mi reloj de ciudad mandaba: es vergüenza, tiene vergüenza, su mentira fue jaqueada. ¿En qué andarás, Leonel? De detrás del vidrio gastado, moviste tus labios soltando un murmullo que no escuché. Te pedí que repitieras, pero el vidrio del carro policial no se mueve. Bajé un pie del cordón, sostuve mi peso con una mano sobre el cristal, acerqué mi oído y de nuevo no pude escuchar y sin embargo ver, descreída todavía, el camino de tu mano yendo a apoyarse contra la mía. Y entendí tus ojos, sentí tu bronca, a pesar de la frontera que fue el vidrio de aquel móvil, entre vos y yo. ¡El Panóptico también es comunista, demonios! En Cuba está prohibido que los cubanos hablen con los turistas. Porque ellos son cubanos y nosotros, turistas. Pero no crean, imperialistas, esto no es un derechazo hacia ustedes. En todo caso, no voy a hablar de política, es que no entiendo nada, nada más que a Leonel y a sus ojos que soltaron por 10 CUC, y desde entonces, caminamos juntos con metros de distancia. Y lo enseñé a Kenya que mientras dibujaba líneas en mi cabeza, trenzas cocidas igualitas a las de su hija, riendo sobre mi regazo, me regaló mi primer y certero deseo de amamantar. Brindó y me dijo: “Por nuestra amistad”. Y le dije: "Ja". Su simpleza es su regalo y el mío, un frasco de shampoo. ¿Dónde estará la libertad? Dijo: juegas con las cartas marcadas y se rió de mí. Me mostraste tu ron, tus habanos; me mostraste el alfeizar de mi rendición y me recordaste la letra de mi primera filosofía: el que abandona, no tiene premio. Me corriste, me cantaste, me hiciste bajar las cartas; me ganaste, me sentiste hermosa, me conquistaste, me emocionaste, me hiciste la hembra que le dicen y tanto que renegué: una hembra de deseo, de fuerza caribeña, me corriste la coma… Cuba, este cartón se metió en tu mar. Solo espero no estar debiendo estas arrugas -¡oh argentinidad!- sino ya haberlas pagado.