No dejo de preguntarme a qué juega ese héroe, de los embates, de la aparente nada. Esos pies, de ese chico, de ese nene chiquito de diez. Que se limpian al agua, a la corriente de arroyo, ese que pocos ven. Del arroyo que baja hasta el río, del río pedrero de costa, de una costa lejana, al norte del sur, de ese bien al sur que está casi al fin, de un lugar al que llamaron edén. Enloquece un Tigre en la Buenos Aires dispar, irónica, hipócrita como yo, como ellos, que todavía creemos en progresismos porque vemos, y exclamamos, ¡demonios! a qué juega ese niño, ese chiquito de diez. Pero de vuelta a nuestra red de plumas y un Marlboro, unos litros, un asado después. Este Tigre de Buenos Aires, de esta Argentina al talón de Sudamérica, entre el Atlántico y la cordillera; América, las patrias del sin embargo y él, que ni siquiera conoce la tierra sin orilla, no se pregunta a qué juega, ese nenito de diez.
domingo, 3 de abril de 2011
lunes, 28 de marzo de 2011
A esto de no saber
Corrí 5k200 y fui a una estación de servicio a comprar una Gatorade. Mientras pensaba que el de Gatorade es uno de los pocos slogans de rápida comprobación, una chica llamó mi atención por la parodia de sus movimientos. Metió una mano en la heladera y como si necesitara agarrarse de una botellita de Coca para hacerlo -y respondiendo a lo que sería una gran imitación publicitaria- soltó su pelo. Divina, la Coca en sus manos, y con la cresta rubia plata liberada, puso un reojo en mí y su otro reojo por detrás de mí. Y yo giré para ver. Le sonreí. A él. Que también me sonrío. Y yo toda así, traspirada como estaba, le dije, ¿todo bien? Y, sí, estaba todo bien, según me contestó.
Se llamaba Martín, me lo dijo cuando le mentí que me decían Piru, no fuera cosa que me buscara por Facebook y cualquier chance de que se tratara del amor de mi vida acabara en esa cadencia ya memorizada y deserotizante. Así que Piru y Martín cruzaron preguntas y respuestas acerca de esas dos o tres premisas posibles entre la heladera, el mostrador y el vuelto de la Gatorade y Martin insistió en acompañarla hasta su casa. Y Piru, que adora a los hombres que insisten en ser caballeros, dijo que sí.
Bueno, sigo el relato en primera persona porque está claro: Piru soy yo. Caminamos unas ocho o nueve cuadras entre las que me contó que estudiaba física, que corría 15 kilómetros por día, que vivía en un departamento que prácticamente no tenía muebles -“solo tengo la heladera y una mesa bajita, el resto son mantas”, dijo- y que tocaba el contrabajo. Lo escuchaba y sacaba cuentas: física y música, es decir inteligencia y pasión, es decir algo de disciplina y pulso vital. Martín sonaba bien.
- ¿Y vos? –me preguntó
- No sé bien cómo describirme.
- ¿No?
- Tendría que contarte lo que hago, pero no sé si que lo que hago me describe.
- Entonces podés decirme, por ejemplo, cuáles son los lugares en los que pasás más tiempo durante una semana cualquiera.
Le conté que mi casa se llevaba los tres puestos del podio.
- ¿No te aburrís? -me preguntó.
- A veces, pero casi nunca, además cuando voy a otra casa, no sé bien cómo manejarme.
No le conté todo, tampoco quería espantarlo. La verdad era que hacía algunos meses que no salía de mi casa más que para correr y llevar la ropa al lavadero. No se trataba de una depresión, ni siquiera de una voluntad ermitaña. Simplemente respondía a la idea de que afuera no pasa nada distinto y que –como decía Bolaño- viajar hace mal. Y por viajar yo entiendo desde ir hasta el centro de la ciudad hasta meterme en la costumbre de otras casas. Me resultaba altamente riesgoso. Estaba vital pero ausente del circuito. Recibía visitas a las que desde el liderazgo que me otorgaba ser anfitriona podía guiar, veía películas por youporn casi todos los días, trabajaba con responsabilidad y llevaba leídos quince libros más dos inconclusos y el primer tomo de una enciclopedia sobre física cuántica. Eso se lo conté, y me dijo que casualmente su especialización venía por ahí.
- Te propongo algo –me dijo en la puerta de mi casa y yo, poniendo voz aniñada para mostrar entusiasmo, le pregunté de qué se trataba.
- ¿Te bañás y te paso a buscar?
- ¿Huelo mal? –y entre risas, dije que sí.
No le pregunté ni cuánto iba a tardar ni qué tenía ganas de hacer. Cerré la puerta y como si Martín me hubiera convertido en una notificadora judicial, me puse a hacer el detalle de todo lo que había dentro de mi casa, con la intención de despojarme de la costumbre y deconstruir la imagen. ¿Cómo sería mi casa para alguien que la veía por primera vez?
Antes de entrar al baño cambié algunas cosas de lugar: moví un florero, quité los carteles de la heladera y pasé una franela al televisor. Iba a cambiar las sábanas pero no. Solo tendí la cama y, sin juntar los libros de alrededor, elegí la ropa que iba a usar.
Martín llegó cuando terminé de ponerme las zapatillas. Caminamos hasta la estación de tren. Viajamos en el furgón hasta San Fernando y sentí que estaba hablando mucho, algo que suelo hacer cuando no sé qué decir, y que se opone a lo que me pasa cuando las cosas me importan y me quedo muda, hasta que ya no importa.
Se mostraba contemplativo, hablaba concreto y siempre partía de la idea y no desde el ejemplo. Eso me gustaba. La sencillez es atractiva solo cuando puede esconder nuestras más profundas proyecciones. Y él había empezado bien. Entramos en un bar lleno de gente que me provocó algunos minutos de aturdimiento.
- ¿Estás bien? –me preguntó.
- Sí, ya me voy a acostumbrar –le dije- Mirá…
- ¿Qué?
- Mirá, está la chica de la estación de servicio.
- ¿Qué chica? –me preguntó.
- Cuando nos conocimos en la estación de servicio, había una chica que te miraba. Está ahí, ¿la ves? –pero no pareció importarle.
- Si necesitás silencio podemos volver.
- No hace falta, estoy bien.
Tocaba una banda de reggae y la cerveza era baratísima. Me interesé sobre la física cuántica y como el tema lo entusiasmó, aproveché para verlo hablar. Usaba su boca de forma curiosa. Su labio inferior era más grueso que el superior y parecía que podía dominar los lados, mover la parte izquierda, después la derecha, y así bailar, entre oración y pensamiento. Tenía esta especie de tic de llevar la lengua hasta la comisura, y prácticamente no movía sus manos para hablar. Se sentaba cruzado de piernas y apoyaba sobre ellas una mano por encima de la otra. Sus rodillas eran flacas, sus brazos, rígidos, y llevaba un collar del tercer ojo bien ajustado al cuello. Martín creía en los universos paralelos.
- Capaz en otro universo, en lugar de estar acá conmigo, estás con la rubia –le dije, torpe, como diciendo entendí, y algo más.
- Suponete –respondió.
Tomamos cuatro o cinco botellas y para cuando el suelo no amortizaba ya a los pies, decidimos volver. A esa hora no había trenes, así que caminamos hasta una agencia de remis. Subimos a un auto sin música ni luz, cada uno por una puerta distinta y nos encontramos en el centro del asiento de atrás.
- Pero este es mi universo preferido, ahora -dijo y rodeó mi cintura, llevando mi cadera a un movimiento de distancia de la suya.
- En este universo me gustaste -miré su boca y miré sus ojos. Y miré sus labios separándose hasta mí.
Cuando estábamos llegando a mi casa le pregunté cuál sería su situación perfecta. Me dijo que imaginarme todo lo posible. Que iba a dibujar mi cuerpo con el vapor de su recuerdo para volver a buscarme. Bajé del auto, puse mi mano sobre la costura rígida de su pantalón y le di un beso en cada uno de sus cachetes. Cerré la puerta tras de mí y me quedé parada, viéndolo ir.
Entré al silencio de mi casa de siempre, pero esta vez la vi distinta. Lo había conseguido. La televisión estaba encendida, pero me sentía tan feliz, que el registro de lo concreto no me importó. Me recosté sobre el sillón y repasé las cenizas de la noche, alivianándome con el viento que se las iba llevando, que se lo lleva todo, y al que tanto conozco y hace que, para mí, cada día de bienestar sea –también- la perfección de mis posibilidades. Por saber de mis imposibilidades.
Me desperté con el timbre del teléfono. Me apuré en llegar hasta la cocina y atendí.
- ¿Hola?
- Hola –dijo una voz de mujer que me sonó familiar, pero que no terminé de reconocer.
- ¿Hola? Sí, ¿quién es? ¿quién es a esta hora? –insistí. Y cortó.
Quedé unos segundos mirando los carteles pegados en la heladera. “Be punk and you´ll survive”, “Si mirás mucho tiempo el abismo, el abismo te devuelve la mirada”. Y me reí de mí. Volví hasta el living para apagar la televisión, pasé un dedo por la pantalla sucia, y caminé hasta mi cuarto. Me acosté en la cama que estaba sin hacer y cuando el sueño me empujaba decidido hasta su oscuridad, la luz de una idea me dejó sentada sobre la cama. ¿A dónde había salido yo esa noche?
lunes, 21 de marzo de 2011
jueves, 10 de marzo de 2011
Imagine all
Cuando mejor me siento es cuando me imagino. Caminaba de noche, sola, después de pasar algunas horas dentro de un bar escuchando música y murmullos, emborrachándome, negando, negándolo todo: desde mi nombre hasta mi gusto; sintiéndome un personaje de Bukowski pero no, Bukowski tiraría jarrones sobre mi espalda mientras juego al sexo, por romántica; sintiéndome, mejor, una María de Mairal, una Ana de Tolstoi, sintiéndome Werther, relatándome para sobre existir, inventando quién quiero ser, como hicieron los grandes que primero se olieron y después cagaron sobre su olor para limpiarse y fabricarse; entonces la escena estaba bien, una noche sin luna después de otra noche sin luna, el sonido de mis zapatillas raspando los adoquines, las plantas mal cortadas avasallando la vereda, la nadie más ahí, un cigarrillo arrugado dentro del bolsillo, haber olvidado el encendedor sobre la mesa de aquel bar, una pena estoica, la mirada por la mitad, el gusto a plástico en mi boca, la ausencia total y el alivio de imaginarme fuera de mí, que si estaba sola ahí, pues el mundo era tan enorme que nada importaba, si total, total siempre está al morir, aunque morir sea el único destino y lo demás la novela, tan creativa como el escritor que, si duerme, perece, y si no, si no es invencible: un traidor, un héroe, un perdedor, o, bien o mal, un plagiador que no encuentra otra opción, y entendí esa noche, la segunda noche sin luna de marzo, que podía salir de mis pensamientos ego-lógicos, elevarme hasta el sonido de mis zapatillas y así mi escena volverse engendro de fantasía y contener ese caudal de belleza literaria indispensable para sentirme mejor, cuando imagino que nada es real, que todo es mi ficción.
lunes, 28 de febrero de 2011
Cazadores de hitos
Sépanlo: los buscadores de hitos me deprimen. Hablo de este tipo de gente –y no digo clase porque las clases son otra cosa- que basa el sentido de su vida en la construcción de grandes momentos: nacimientos, bautismos, cumpleaños de quince, fiestas de egresados, primeros días de clases universitarias y así, hasta que se seca el pasto del jardín maternal y entonces vuelven a empezar: casamientos, primeros hijos, segundos hijos y te preguntan, con dolor teatral, cómo es que no llamaste el día que nació Juancito. Y vos: discúlpame, es que después de Lolita y Martincito perdí un poco la emoción (¡y te lo dice una hija tercera!).
Estos hito-dependientes se retroalimentan entre sí. Se mutuo-toman la foto Kodak y son devotos de la grandilocuencia oral: dicen cosas como este es un momento muy importante en mi vida y ni hablar de que aprendieron a ser personas de bien por herencia. Casi todos los hitos les costaron mucho. Muchísimo. Y llegan a gerentes, jefes; abren sus boutiques o trascienden alguna frontera de esas que parecen dignas de un héroe -pero que en verdad (creo) solo tienen que ver con la normalidad del paso de la vida, porque ojo con la oscuridad de la obviedad: todo este mundo está absurdamente tabulado y vuelve lógico que a los veinte no accedas a algunas cosas a las que tal vez sí llegas a los treinta-, y se emocionan recordando todas esas horas trabajadas. ¡Ahora sí brindemos con champagne, demonios, nos merecemos esta burguesía!
Todo lo que simboliza, vale lo que una joya rusa. Y así están, viviendo en casas cargadas de sí mismos, en clave feliz, sin siquiera media obra de arte que los obligue a detener la rutina del ¿la llamaste a Caro? Recordá que mañana va a ser un año de que compró su casa. Ajá, importantísima fecha y way (¿why?) que te olvides de brindar o faltar a la celebración.
Y sepan más: atravieso un punto dramático. Es que desde que me di cuenta de que me fijo en cómo caminar hacia la muerte mientras ellos ingenian el videojuego hacia el suceso (para olvidar probablemente la presencia constante y risueña del desenlace común), me siento separada de la sociedad. Casi como si tuviera un BMW.
Y ya que menciono lo común, quiero resaltar que estos hito-dependientes tienen un punto con la cuestión. Quieren ser distintos y yo, del otro lado de la reja, quisiera gritarles: ¿acaso no ven que no existe el ser? Malditos años, para algo tienen que haber servido, malditos. Estamos, vamos, vivimos, sobrevivimos (esto de caerse ocho para levantarse nueve), pero nada de ser. Hoy soy yo, mañana, no. Soy tu novia, después, solo un recuerdo. Y sabemos ¡tenemos que saber!, los recuerdos son peores que la ilusión.
Entiendo, entiendo, estos entes perfeccionadores del sistema consumista de fechas especiales necesitan del motivo para convidarle sentido a sus vidas. Y hasta seguramente sean mucho más pro activos que yo, que suelo no encontrar el tilde del por qué. Sin embargo y como sea, los buscadores de hitos me deprimen tanto y me siento tan pero tan cuidada en mi convicción, que hasta pienso seriamente en ser bastión de contra y–en señal de protesta- dejar de saludar a toda esta hermosa gente, cada vez que cumpleaños.
domingo, 20 de febrero de 2011
El último cigarrillo
- Marlboro diez, por favor.
- Pensé que habías dejado de fumar.
- Hoy no puedo dejar de fumar, ¿cuánto es?
- $3,75. ¿Entonces volviste al vicio?
- Los ex fumadores siempre nos estamos yendo, si vieras lo demandante que es.
- Pensé que habías dejado de fumar.
- Hoy no puedo dejar de fumar, ¿cuánto es?
- $3,75. ¿Entonces volviste al vicio?
- Los ex fumadores siempre nos estamos yendo, si vieras lo demandante que es.
Encendí el cigarrillo en la puerta del quiosco y lo fumé hasta su mitad. Cuando volvés a pitar tabaco después de un tiempo, notás que en verdad se trata de algo horrible, evidencia que, por otro lado, a los fumadores que fumamos porque nos encanta tener la vara en la mano nos importa lo mismo que la suba del precio del combustible a los pobres: puntualmente nada.
Me fui con mis nueve cigarros restantes a dar una vuelta por ahí. Es decir, por acá, por el barrio, como siempre desde que me pareció descubrir que la diferencia está en la mirada y no en la escena y que en todos lados sucede más o menos lo mismo.
Había decidido suicidar el sábado a la noche y eso es algo que al grupo de los que fumamos porque nos encanta tener la vara en la mano y vemos en la luna la lágrima vital de nuestra inspiración, nos gusta más que matar un lunes. Porque a un lunes lo mata cualquiera. Pero montarse el cuerpo de un sábado a la noche hasta el filo de la semana, mientras que a veinte cuadras suceden tres casamientos (sí, tres o sea seis menores de treinta años que deciden esto de unir sus vidas para siempre frente a cientos de bailarines devaluados), es algo que solo podemos hacer los que fumamos porque nos encanta tener la vara en la mano y vemos en la luna la lágrima vital de nuestra inspiración.
Para cuando llegué hasta la plaza me quedaban ocho cigarrillos. El noveno lo había sentido mejor, ya, así que ajusté una nueva vara en mi mano y miré la luna durante el rato que bastó para desvelar al pasado y refirmar la dirección de mi noche. Entonces apagué la colilla y, mientras sacudía el cuaderno en que había anotado algunas ideas con la intención de guardarlo en mi morral y seguir caminando, ¡alguien me llamó por mi condenado nombre!
- Hola – dije al levantar la mirada, como para hacer algo.
- ¿Cómo estas, Marina?
- Ay –le dije, como para exclamar algo.
- ¿Qué hacés sola por acá de noche?
- Te pido mil disculpas –le dije, como para decir algo.
- ¿Escribís?
- Te pido mil disculpas –insistí.
- ¿Por qué?
- Bueno, es que… no me doy cuenta de dónde te conozco.
- Dale –dijo, cantando la “a”.
- Bueno, en verdad no sé –dije, como quien necesita que le crean que es una verdad lo que está diciendo, maldita sea, ¡tanto trabajo tiene que dar la verdad!
- Soy Johy, hicimos juntas hasta tercer año, vos después te cambiaste de colegio.
- Ay, te pido mil disculpas, pero es que en verdad…
- Johy, Johy Uriarte, Marina, fuimos juntas con Flor Piñas, Valen Zacarías, Tomate, tuvimos de profesora a Berther en literatura.
- Ah, de Flor me acuerdo y de Tomate también.
- ¿De Valen no?
- No.
- Qué raro, viajamos juntas a El Palmar en primer año, estábamos en la misma carpa, Marina, me da gracia que no te acuerdes.
Pisé una nueva colilla. Para esa altura de la conversación, seis cigarrillos me daban pánico.
- ¿A qué colegio fuiste?- le pregunté.
- ¿Sos Marina Agra? ¿O no? -me replicó.
- Ja, creo que sí.
- Ja. ¡Qué poca memoria!
- Es que yo no nunca fui a El Palmar.
- Dale –dijo otra vez, así, estirando la “a”.
- ¿Sos Marina Agra? ¿O no? -me replicó.
- Ja, creo que sí.
- Ja. ¡Qué poca memoria!
- Es que yo no nunca fui a El Palmar.
- Dale –dijo otra vez, así, estirando la “a”.
Me invitó a tomar algo y aunque encendí un cigarrillo para explicarle esto de mi pertenencia al grupo de los lunáticos dependientes y mi necesidad de atravesar un sábado en soledad para inclinar un poco la balanza de los tres casamientos, fue tan categórica que subí a su auto. Hay veces que si le confiás algo de atención al llamado universal, te da la sensación de que no decidís nada.
- Una de las que se está casando soy yo. Pero solo me gustaría fumar un cigarrillo –dijo y manejó hasta Goyeneche, el bar-popular del barrio, relatando algunas anécdotas de las que me sentí parte, y otras que ni siquiera reconocí cercanas.
- ¿Sabés? –le dije- es un poco confuso esto.
- ¡Ja!
- En serio, creo que no te conozco.
- Marina, vayamos al médico, aunque creo que la falta de memoria no tiene cura, ja ja ja ja.
Se sentó en la mesa de siempre, bueno, la que para mí es la mesa de siempre, y pidió una botella de cerveza.
- La que tengan más barata –dijo.
Pedí unos palitos bien secos y un cenicero. Le ofrecí el cuarto cigarrillo y agarré uno para mí. Estuvimos un rato en silencio. Johy miraba los poster de Goyeneche, las fotos del Che, la vi leer varias veces la frase insignia del lugar “no importa” y finalmente me decidí a preguntarle:
- ¿Cómo es eso de que sos una de las que se está casando?
- Sí, las otras son Sole Oyhanrique y Flavia Gaudio.
- Sí, eso lo sé, pero pensé que el otro casamiento era de Mauro y Guadalupe.
- Sí, soy yo Marina, Guadalupe Johana Uriarte. Me hacés reír.
- ¿Y cómo estabas en la plaza si te estás casando?
- Bueno, esa es una buena pregunta.
- Gracias.
- Me fui.
- ¿Cómo que te fuiste?
- Sí, agarré el auto y me fui –la moza trajo la cerveza- Gracias, ¿cuánto es? Yo te invito.
- Gracias, ¿entonces?
- ¿Qué cosa?
- Me estabas diciendo que te fuiste de tu propio casamiento. Pero no estás vestida de fiesta.
- Pasé por mi casa antes.
- ¿Y tu novio?
- No sé, debe estar bailando.
- ¿No se dio cuenta que te fuiste?
- Supongo que sí.
- Sí, las otras son Sole Oyhanrique y Flavia Gaudio.
- Sí, eso lo sé, pero pensé que el otro casamiento era de Mauro y Guadalupe.
- Sí, soy yo Marina, Guadalupe Johana Uriarte. Me hacés reír.
- ¿Y cómo estabas en la plaza si te estás casando?
- Bueno, esa es una buena pregunta.
- Gracias.
- Me fui.
- ¿Cómo que te fuiste?
- Sí, agarré el auto y me fui –la moza trajo la cerveza- Gracias, ¿cuánto es? Yo te invito.
- Gracias, ¿entonces?
- ¿Qué cosa?
- Me estabas diciendo que te fuiste de tu propio casamiento. Pero no estás vestida de fiesta.
- Pasé por mi casa antes.
- ¿Y tu novio?
- No sé, debe estar bailando.
- ¿No se dio cuenta que te fuiste?
- Supongo que sí.
Seguimos calladas durante un rato, unos diez minutos tal vez, hasta que me pidió un cigarrillo.
- Ay, discúlpame.
- ¿Qué pasó?
- Me quedan solo dos –le dije- no te puedo dar.
Y encendí uno.
- ¿Sos fumadora? –le pregunté.
- Hoy sí.
- ¿Y antes?
- Solo los días que no puedo no fumar.
- Ah, sos de mi equipo, de los que fuman cuando necesitan tener la vara en la mano.
- Sí, ya sé.
- ¿Cómo sabés?
- Porque fuimos juntas al colegio, Marina, ja, me hacés reír.
- Pero cuando iba al colegio yo no fumaba.
Preferí no seguir con la conversación y entonces le pedí que me contara cómo es el preparativo de un casamiento. Habló con entusiasmo y en algún momento dejé de escucharla con atención analítica para hacerlo con la intención de memorizar lo que decía para usarlo como material de un cuento sobre una chica que pasaba un año entero de su vida planificando un casamiento, contrastada con todas las otras cosas que se podían hacer durante un año en el que no se planificaba ningún casamiento. Con las cosas que, por ejemplo, había hecho yo.
Johy calló y sonrió con amabilidad. Giré, y vi a la moza alejarse.
- ¿Qué dijo? –le pregunté.
- Que están cerrando, nos tenemos que ir.
Se paró con tranquilidad, colgó su cartera de un hombro y yo atravesé mi morral por la espalda. Me dijo eso de que un placer y que gracias por el cigarrillo y yo bueno, igualmente. Y cuando las luces del bar se encendieron, vi su cara iluminada, más allá de su contorno, por primera vez. Corrí la silla con la parte trasera de mis rodillas con tal fuerza que el respaldo golpeó contra la mesa que estaba detras. Era una nena con la piel como arena caribeña, glacial.
- Otro día podemos hablar de la luna. Para mí también es la lágrima vital de la inspiración. Aunque un día decidí mirar el sol.
Volví a mi casa caminando, saqué el último cigarrillo del atado, lo fumé hasta la mitad. Y lo tiré.
miércoles, 16 de febrero de 2011
Tirador de elite
Mirá, flaca, a mí en Buenos Aires no me da bola nadie y acá me dicen tirador de elite. No te voy a hablar de mujeres, flaca, pero la posta es que en este lugar la cosa es distinta. Lo tenés que saber y para saberlo alguien te lo tiene que cantar porque no tenés tiempo, flaca: si cerrás los ojos sos boleta. Cuando vas a pegar faso, merca o lanza perfume, te vas trepado con la plata en la mano, flaca, ni se te ocurra meter los dedos en los bolsillos porque tres tiros, flaca, en la frente, y no importa tu cara ni te van a querer coger, flaca, a lo más que se las chupes pero la grana vale más que tu boca. Te hablo certezas porque a esta altura es la única que vale, aprendetelo para acá y para el orto del mundo, flaca. Las cosas buenas no se repiten y mucho menos las mejores. Te lo digo yo que soy un profesional del dedo, flaca, de Gualeguaychú a Río de Janeiro llegué. ¿Te la contaron esa? No sabés las cosas que vi. En el medio de una isla no tenía ni un real ni un sincero y las máquinas no daban plata, flaca. En eso una mina -y no sabés qué mina, flaca- se me acerca y me pregunta tenes fome. Yo no entendía nada, flaca, y le digo, sí sí, estoy conforme, y me invita a comer la loca. No te cuento cómo me la gané porque es muy desagradable ¡qué desagradable el tipo! pero te lo cuento, mejor, que te vas a morir: sentados en una piedra, flaca, después del almuerzo, charlando cual romance, yo tenía unas ganas de ir al baño, loca, que no aguantaba más, y se me escapó un pedo. Ahí nomás la besé, flaca, qué podía hacer después de eso. Me llevó a laburar con ella a su spa, tenía plata la loca, y anduve haciendo de todo entre quince minas. Me daban masajes todos los días y ahí conocí a la dueña de Brahma, flaca, Patricia Thompson. Borracha. El marido la había dejado por su mejor amiga y la loca no daba más. Hay que curtirse esa historia y salir vivo, flaca. Pero no creas que soy un gigoló, eh, las cosas pasaron y ahí en Brahma laburé en serio y estaba bien, pero la borracha no podía más y cuando no podés más le vas robando lo que le sobra a los otros y ¡caraca! Me dejó seco. Entonces me clavé el anillo en el pulgar y salí. Hay precios que no se pagan, flaca, ni en Argentina ni acá pero acá menos, flaca. ¿Vos viste esa puerta? Ahí vivo yo, flaca, desde hace dos meses, le llamo la puerta de infierno, ayer una vieja estaba tirada arriba del capot de ese auto y un carioca hijo de puta la pajeaba, en el medio de la calle, loca. El carioca ese fue el primero que me llevó a la favela a pegar faso, flaca, se me hizo el amigo y cuando subimos me dice a mí me gusta chuparla en la favela, loca, se me pudría todo, no sé ni cómo te la estoy contando, flaca, ahora está todo bien porque ya soy de acá, me gané el asfalto, flaca, pero hay que tener los ojos más abiertos que la cara y hablar certezas, flaca, que como te digo todo esto te digo que a vos no te tiroteo ni loco, flaca, te llamás como una con la que anduve que fue la peor y en eso soy supersticioso, flaca, me lo enseñaron arriba: podés descontrolarte todo pero lo que aprendiste no te lo podés olvidar, como te decía, flaca, en lugares como este no hay tiempo y si pasaste de una sos un sobreviviente y el límite para pasarte a la banda de todos estos muertos vivos está ahí nomás, a un error de distancia. Y eso aprendetelo, flaca, que vale para este y todos los demás infiernos.
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