lunes, 7 de mayo de 2012

Flow

Otra vez se acerca mi cumpleaños y otra vez tengo el lagrimal trabajando durísimo. Creo que quiere competir en fisicoculturismo. Atajen esta: lloré con las declaraciones de Rial que habló de amor y de estar vivo y de la voz de su papá. Qué se yo. Tengo sentimientos todavía y a veces recuerdo con nostalgia ese momento de mi vida en que barría las hojas del barrio con la rueda de mi bici para tocarle el timbre a Ludmila, la hermosa princesa salvadora, Ludmila, y le gritaba, apoyando un pie sobre la reja para no caer, sentada en el asiento roto de la bicicleta: “Vamos al río que tengo que contarle algunas desgracias”. Qué se yo. A veces todavía quisiera no saber qué significa flow ni cheque ni top of mind ni on goin’ ni asap. Ni asap. Es que cuando leo asap, corro. Corro como si en verdad hubiera algún lugar digno para llegar. Como si la dignidad acaso existiera. Corro como si un banderillero me esperara. Como si alguien esperara en verdad algo de mí, por nada. Corro como si tuviera que ser la primera en morir. Eso les conté? Ah, sí, fantaseo con ser la primera de mis amigas en morir. Me gustaría allanarles el camino y recibirlas tal vez con una torta de nuez como la que hace mi vieja para mis cumpleaños o tal vez con un vino y contarles lo bien que se la pasa, aunque se la pase como el orto. Para amortizarlas, si acaso llega a hacer falta. Ya aprendimos que, total, después y con justicia autónoma, cada uno construye su verdad, que es intransferible y te garcha cuando quiere. La violación está contemplada, señores. Entonces escuchaba a Rial que hablaba algo así como que se había dado cuenta que era un infeliz y yo me pregunté si era tal cosa. Recordé que no creo en la felicidad como concepto pero me animé a asumir que en verdad sí creo, que digo que no porque alguna vez lo leí o porque me lo dijeron y ahora que voy a cumplir 29 años, que pienso que es una bocha, pido un deseo y es creer. Al menos en Rial, qué se yo. Al menos en que hay que hacer cosas hermosas, para vivir una vida hermosa.

lunes, 30 de abril de 2012

Novios, 1


Cuando hablo de Fabián hablo en pasado. Digo Fabián era, Fabián fue, Fabián me hacía. Es que Fabián está muerto. Lo conocí antes de verlo, por Internet. Y nos enamoramos mucho mejor que muchas ficciones. Eramos capaces de mirarnos durante horas y hablarnos con la punta de nuestras narices. Pensábamos que nos unía una cuestión cósmica, trascendente, de amor absoluto y eternidad y el problema fue que hablamos tanto acerca de toda esa magia espiritualycosmogaláctica que no tengo la menor idea de cómo se llamaba su mamá. Con Fabián tuve más de un orgasmo en una misma cogida por primera vez y cumplí mi deseo poético de besarme bajo la lluvia, en una calle adoquinada de Buenos Aires. ¡Ja! Disculpen la risa que me da. Con él me drogué por primera vez, me amotiné en su departamento y una noche estuve a punto de matarlo. Por primera vez. Fue la noche que cocinó carne al horno con papas, batatas y cebolla en que se metió tan eficientemente por los agujeros de mi psiquis que en un truco de paso, brillante –quiero decir-, lo empujé contra la heladera, apreté su cuello y vi objetivamente lo fácil que hubiera sido terminar con el poder total que tenía esa mirada sobre mí. Tendría que haberme ido y esperar a que se pasara. Si nunca dejé de saberlo: siempre se pasa. Pero en cambio solté su cuello, pedí perdón y después me deprimí. El valía, al punto de leer Fragmentos del discurso amoroso dos veces consecutivas. Le rogué tanto, demonios. Corrí atrás de un colectivo y me equivoqué muchísimo con la elección de cada metáfora que use para decir mi verdad que era, como si aquello fuera simple, que amaba a esos dos chicos tan torpes que habíamos elegido para nuestra historia. Me sentía joven entre sus pulsiones derramadas en mi espalda y yo tengo un problema tremendo con la edad que un poco tiene que ver con el culo pero más que nada con la idea tristísima que se me viene al imaginarme con 50. Fabián y yo jamás existimos para los demás. Y, desde el momento que me enamoré de Víctor, Fabián ya no existe para mí. A veces me pregunto si el chico que lleva su figura en Belgrano R. no se llamará Ricardo. 

lunes, 19 de marzo de 2012

Cosas chiquitas

Todo lo que me emociona es chiquito. Patti y los labios de Robert en un pequeño departamento de Nueva York o el segundo de una mirada cayéndole a mis ojos. Todo lo que me conmueve es abstracto, como la luz de mi casa, el cuadro de mi familia o la espuma de alguna orilla. Una palabra fuera de tiempo resucita el recuerdo de la señorita altiva y gris que fui y con eso, con eso, simplemente, es suficiente. Y sin embargo… Sin embargo a veces camino buscando monstros, historias compaginadas, almendras nacidas de un cerezo secándose al sol y pido al día cada vez que me despierta que me regale un cuento de ciencia ficción. Risas de pobres inocentes, neones que mi cuerpo rechaza o lo que sea que dé una razón para creer que algo de lo que sucede en esta vida tiene algún sentido. Y duermo sobre sábanas cada vez más caras, sonrío más-me río menos y olvido, a veces, que todo lo que me emociona es chiquito. Que lloramos de nostalgia en recitales que nos tatuamos, que cerramos libros de un golpe de impotencia, que estuvimos presos, muriendo en los rincones más oscuros de nuestra fantasía. Y que sobrevivimos. Que miramos una montaña y juramos compañía para toda esta vida y que todavía sostenemos esa palabra. Que nos gustan el cine, el teatro y la canción. ¡La papada de mi viejo! Cosas pequeñas, ¿no? Cosas que no dan, que incluso a veces quitan, cosas de las que nos queremos alejar porque son tan pequeñas y nosotros, pensamos, estamos para algo mucho peor. Buscamos más historias de Bukowski, más noches, noches, más fuegos, gritos, más plata, más fama, más popularidad, más certezas y sin embargo… Sin embargo ¿pensé? Ponemos lo pequeño en el rincón: el sillón en la esquina del living, la pierna sobre su pierna para dormir abrazados, mirándonos de cerca y respirándolos el olor hasta volver a sentir que todo lo que nos emociona es chiquito. Y asumirlo no es el problema. El problema es olvidar que podemos vivir, todavía y a pesar de todo, entre belleza y poesía.

miércoles, 22 de febrero de 2012

El tiempo

Me debo tiempo. Calidad en el tiempo. Pensar y decidir al tiempo. Me debo algunas partículas elementales –dirían- para conformar la primera base de quien quiero ser. Y, esa, es una deuda seria, señores. Una deuda por la que no deberían dejarnos salir del país. Me debo un par de alpargatas, esto es cierto y no es menor; me debo algo de memoria, también. Me debo una cuota de juventud que todavía no pagué, me debo mi sala vacía, silencio, una escuela real de homónimas miserias. Me debo mirar un poco más al reloj para verlo espeluznante. ¡Necesitamos que nos parezca espeluznante, demonios! Lo es. Me debo melancolía, pasión y una palabra fundamental. Me debo la vida que traje hasta acá. Y, lo que es peor, se la debo, ya, a alguien más. Mientras tanto, mientras no escribo en este blog ni en ningún otro lado, recurro a mis viejos subrayados y se los comparto, si es que todavía están por ahí. Confío –¡Dios mío de dónde he sacado yo las esperanzas!- en que sí.



“…la consciencia del paso del tiempo, que, ante la monotonía ininterrumpida, corre el riesgo de perderse y que está tan estrechamente emparentada y ligada a la consciencia de la vida que, cuando la una se debilita, es inevitable que la otra sufra también un considerable debilitamiento. Se han difundido muchas teorías erróneas sobre la naturaleza del hastío. En general, se piensa que, cuando algo es nuevo e interesante, hace pasar el tiempo, es decir, lo abrevia, mientras que la monotonía y el vacío entorpecen su marcha y hacen que se estanque. No obstante, esto no es del todo exacto. Cierto es que la monotonía y el vacío pueden dar la sensación de estirar el momento, las horas, de manera que se hagan largas y aburridas; pero no es menos cierto que, en el caso de grandes o grandísimas extensiones de tiempo, lo que hacen es abreviarlas, neutralizarlas hasta reducirlas a algo nimio. A la inversa, un acontecimiento novedoso e interesante es sin duda capaz de hacer más corta y fugaz una hora e incluso un día, pero, considerando el conjunto, confiere al paso del tiempo una mayor amplitud, peso y solidez, de manera que los años ricos en acontecimientos trascurren con mayor lentitud que los años pobres, vacíos y carentes de peso, que el viento barre y que pasan volando. Lo que llamamos hastío, pues, es consecuencia de la enfermiza sensación de brevedad del tiempo provocada por la monotonía. Los grandes períodos de tiempo, cuando trascurren con una monotonía ininterrumpida, llegan a encogerse en una medida que espanta mortalmente al espíritu. Cuando un día es igual que los demás, es como si todos ellos no fueran más que un único día; y una monotonía total convertiría hasta la vida más larga en un soplo que, sin querer, se llevaría el viento. La costumbre hace que la conciencia del tiempo se adormezca o, mejor dicho, quede anulada, y si los años de la niñez son vividos lentamente y luego el resto de la vida se desarrolla cada vez más deprisa y se acelera, también se debe a la costumbre. Sabemos perfectamente que introducir cambios y nuevas costumbres es el único medio del que disponemos para mantenernos vivos, para refrescar nuestra percepción del tiempo, en definitiva, para rejuvenecer, fortalecer y ralentizar nuestra experiencia del tiempo y, con ello, renovar nuestra conciencia de la vida en general”. Fragmento de la montaña mágica, Thomas Mann.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

Recuerdos

La angustia volvió a Carmela. Está lloviendo. Llueve igual que aquel día de diciembre en que las gotas compactas como caramelos cristal parecieron salvar su vida. Moría de calor, o de frío, entre esos brazos que apretaban sus senos. La delicia de la angustia está otra vez para recordarle que el pasado no existe, que lo que fue está en el presente. La convivencia con la historia es el talón de Aquiles del New Age y de ella y de todos los demás que jamás podrán dejar de haber sido. El olor a tierra abre sus orificios y quiere escupir el cuerpo por la boca. Lo odia. Puede ver su vientre aplastado contra su cara de nena. Blanca, Carmela reza. No quiere recordar ya aquella pelea por espantar el arrebato jadeante del hombre susurrando incongruencias mientras ella, empastada de asco, balbucea algo que procure el final. Carmela quiere tomar el té, comer galletitas de avena miel y pasas y sin embargo, vuelve. Sigue escupiendo. Teje para los pobres porque, la verdad es, le teme el karma. Teje con fuerza, apretando los puntos, arruinando la belleza del tejido como cada vez que recuerda las gotas inundando aquel pozo, ahogándolo. Carmela tiene sed, siempre tiene sed y es por ese dato objetivo que cree que la subjetividad es una ironía. Sabe que no es ella, ni fue él, un miembro subjetivo del planeta. Lo que sucede, no siempre conviene. Lo que sucede, simplemente, significa. Carmela camina hasta la cocina y toma una jarra. Está llena de burbujas. La jarra, ella y la tierra afuera. Bebe un vaso. Bebe otro. Bebe cuatro vasos de agua y vuelve al living. Ni la televisión ni el tejido quitan de encima la cara de aquel hombre que parecía muerto antes de estarlo, cuando, sedado, se hundía en un rincón de su jardín. Esa tarde de verano quiso que lloviera más. No le importaron, siquiera, sus zapatos de taco marrón. Deseaba ver el pozo rebalsar, deseaba no volver a ver aquellas nalgas de triple pliego caminar sudorosas hacia el baño. Mira por la ventana. Le pide a una mosca posada entre la puerta y el mosquitero que vuele. Pero la mosca sigue ahí, igual que ella, resguardándose de la tormenta; le pide a la lluvia que pare. Pero la lluvia es una cascada de monedas. De pronto son dos las moscas sobre el mosquitero y ella les dice que no quiere acordarse más. Por favor, quiten a la lluvia. Pero en su casa de campo, nadie la escucha. Las moscas copulan, hermosas. Carmela las mira, les pide perdón y golpea la ventana. Las moscas vuelan. Gira veloz para ver el living detrás de sí. Sigue sola. Vuelve a mirar a través la ventana. Muda, patea el zócalo, se sienta en el piso y entonces escucha a alguien que parece venir de su propio cuerpo, decir que lo que pasa, Carmela, es que el recuerdo es la consecuencia principal de vivir.

martes, 13 de diciembre de 2011

Reseñas recomendadas

http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Orhan-Pamuk-Museo-inocencia_0_603539758.html

-Cuando uno relee una novela...bueno, primero te das cuenta de que son, por ejemplo, ochocientas páginas. En una segunda lectura, tal vez relees sólo unas cuantas de esas páginas. Y te vas dando cuenta de que la mayoría de las cosas que lees en una novela te las olvidas. Pero te quedas con una impresión. La alegría. El gozo. La sensación de descubrimiento que esa novela te dio. Muchos de los detalles se olvidan. La segunda vez que lees la novela prestas atención a otros detalles. La primera vez estás atento a lo que va a pasar, a quién se va a casar con quién. En cuanto uno más lee una novela más le presta atención a las cosas finas. Por ejemplo, el bolso pequeño rojo que Anna Karenina lleva con ella al principio de la novela o al fin de la novela cuando está a punto de suicidarse. Releer es ver cosas diferentes cada vez. Y, por supuesto, somos felices cuando vemos y encontramos estas cosas. Comenzamos a hablar con el libro. Me importa mucho la relectura porque redescubro el libro pero también porque me doy cuenta de cómo yo también he cambiado. En mi juventud leía como un animal hambriento que se devoraba todo. Sólo para tener una idea de lo que estaba pasando en el mundo. Ahora, más tarde en la vida, leo más lento y le presto atención a detalles mínimos, pequeñas coincidencias; le presto más atención a objetos y colores.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Un hombre

Menos me seduce tu inteligente manera de explicármelo todo, que tu deseo por conocer mi opinión. No es tanto que me vuelvan tierna tus caricias dominantes, son más bien tus ojos, cerrados, mirándome así. No son ni tus certezas, ni tu compañía tándem distante y cercana; avasallante, imperativa y comprensiva, lo que me conquista de vos. No. Es mucho más tu risa cuando perdés. No son ni tus sorpresas, ni es tu convicción; no es la corona con la que me corres lo que me lleva a tu cama cada noche... incluso esta noche. Es, en todo caso, la inevitable elección. No era el lugar, no era el momento. No estábamos de acuerdo ni con tu pragmatismo ni con mi devoción. Eramos vos, yo y esta felicidad. Te lo digo a vos, que podrías ser el hombre ideal para cualquier mujer. Y, sin embargo, lo fuiste para mí.