Mi trabajo es generar contenidos. Los pienso, les doy forma y los comunico. Soy la mediadora, el nexo entre los medios de comunicación -los masivos y los mas pequeños- y la marca que me contrata. Nada del otro mundo, sigo reglas, tengo un oficio. Y no puedo ni quiero negarlo, me gusta lo que hago y me da cierto placer ver cómo una acción que nació como una idea virgen es llevada a acción y luego se publica, se vuelve algo real, algo que ocupa un espacio y que tiene un valor. Pero si me gusta lo que hago es porque mi intención de significar en el mundo sobrevive en mí desde chica, lo cual es el yin del yang de saber que, acaso, a ese significado olvidé responderle el para qué.
Y no digo para qué en cuanto a mí. Digo para qué sirve lo que hago. Hablo en el mundo, en esta sociedad o en la que sea. Y no, por favor, no digamos que contribuyo al crecimiento de la imagen de marcas que así se hacen más grandes y generan más puestos de trabajo. Esto está bien y gracias al espiritu de mi abuelo que sucede. Tengo plena consciencia de que el mercado de la moda para el que sirvo mueve millones, billones de dólares en el mundo y genera que la rueda gire. Sin embargo no me consuela, no me vuelve responsable sino que me convierte en culpable. Porque entiendo que hay algo mas grande que nosotros que nos rodea y que nos agrupa, que está ahí. No lo vemos?
Vamos, tenemos que estar viendo lo que está pasando. Esa forma cruel en la que todos queremos ser el mismo modelo de pertenencia y sufrimos, sufrimos como unas plantas fuera de su habitat porque somos distintos por azar y por naturaleza. Nuestras infancias no se parecen, nuestras familias no se parecen, nuestras posibilidades, vacaciones, incluso lo que comimos no se parece en nada. Ustedes comían pan con osobuco y galletitas de agua con roquefort mezclado con manteca para que rinda más? Bueno, algunos sí lo hicimos.
El asunto, amigos, es que todo eso que fuimos pasando para crecer, lo que nos tocó ver por azar y pudimos entender por naturaleza para llegar hoy a hacer lo que sea que estemos haciendo nos tuvo que haber dado un punto de vista y es acá, demonios, acá es donde digo: lloremos, velémoslo porque todo parce indicar que el punto de vista murió. No queremos ser únicos, no queremos ser diferentes, no queremos procesar lo que nos llega y conformar nuestra propia Matrix. No queremos tomarnos el tiempo. No queremos pensar. Solo queremos pertenecer, ser como el otro.
Hago contenido, muestro el contenido, se habla del contenido y “los consumidores” repiten el contenido. Enlatado. Manoseado. Despersonalizado. Y ahí vamos, zombies, repitiendo para querer ser, porque si tengo un Iphone lo puedo poner sobre la mesa y, dale, seguís teniendo Blckaberry? Ja, ja. Como cuando adolescentes, amigos, y la pasabamos tan bien en la previa y peleabamos por el mismo chico, el popular, así estamos: inflando el valor de lo que otros ya antes dijeron que era valioso, tal vez sin siquiera saber por qué.
Entonces el reproche tiene que ver con los roles. Nos preguntamos si existe Tinelli porque la gente necesita a Tinelli o si la gente quiere a Tinelli porque es lo que hay. Del mismo modo, genero contenidos en los que creo? Quienes muestran este contenido, lo ven realmente valioso? Lo personalizan? Le agregan un punto de vista?
Cómo saber? Tal vez mi consuelo sea pensar contenidos a los que les digan que no, aunque un precioso grupo de blogueras lo haya instagrameado, replicado... olvidado, mientras todo el resto de la existencia lo compra, lo quiere, lo necesita (?).