domingo, 2 de octubre de 2011

Desovar

Te suelto

Y empujo

Como la montaña a la roca.

Te lloro

Y expulso

Como las nubes al pasado.

Te pienso

Y veo

A un hombre imperfecto,

Al seductor que golpea a la mujer que lo mira.

(El vaciador de mi tesoro:

el vaciador de las palabras).


Te silencio

Y abandono,

En mi tumba de los sábados,

Como al libro inentendido,

Sobre la mesa de dormir.

(¡Estábamos llenos de años

ya

para descuidar la ilusión!)


Te acompaño

Y libero,

Como el tortugo a su tortuga

Antes de parir.

Voy como ella a desovar

En la costa en que nací.

(Hoy ya no te elijo.

-Hoy-

Morí.

-Hoy-

Vive alguien más).

jueves, 11 de agosto de 2011

Ellos

Me gustan los hombres que se obsesionan con la piel. Que juegan con sus yemas. Es que son ellos quienes despiertan mi feminidad, quienes boicotean esta corta aptitud neurótica para la entrega; quienes zambullen sus plácidas narices en el centro creador de aromas; ellos, los ángeles que acuñan agua en el desierto de esas noches refugio de mi desnudez. Me gustan los hombres que toman las transversales, las marcas; me gustan las cicatrices, la lentitud de sus caricias al ritmo del fuego. Me gustan los hombres que no le temen al cuerpo. Los hombres suaves, lentos, los que tienen pausa. Los hombres que abren mis piernas mostrándome el erótico reflejo de mi cuerpo bajo sus ojos. Que apagan la oscuridad, que encienden la luz más distante; los que miran sin atravesar, ellos, los que en cambio esperan la lluvia ácida y confían en el poder del cíclope en conquista, en el ambiente, en el silencio sagrado; que entienden, estos ángeles, que necesitamos besarnos y crearnos íntimos: doblarnos y entonces sentirnos la más hermosa criatura de la noche para, sí, latiendo entre manos, penetrar en la escena con una corona irreversible.

lunes, 18 de julio de 2011

Las flores de algún balcón

Si pienso en cambiar mis reglas más profundas, ajustarlas al avance del tiempo -leamos experiencia-, digo amoldarme a las secuelas del ya lo vi y ensayar un faraónico he aprendido, entonces arriesgo, un poco, resigno y vuelvo a dar; si pienso en seguir bajo mi bandera, dejándola imperar como trono al rey, digo abastecerme del a mí de acá no me bajan porque antes que cansada, muerta, entonces también arriesgo, un poco, me resigno y, con el mismo mazo, vuelvo a dar; si pienso en dejarlo ser y hago de los tiempos que son ciclos de la luna una ley, digo, de acuerdo a Rilke que pensó: deje que la vida trascurra. Créame: la vida tiene razón, en todos los casos, entonces no arriesgo en la pulsión de decidir, sí arriesgo ante esta decisión, resigno algunas posibilidades concretamente deseadas, y ninguna otra más, y sigo dando. Si, con todo, elijo suponer que mientras haya música y haya sangre y haya héroes y haya dramas, digo dramáticos, haya pobres artesanos del silencio ficticio, poetas que copiar, películas ahí, diálogos que ensayar, historias sin contar, celos que reconocer, mientras haya aunque sea una esperanza rota habrá siguiente, entonces creo que me seguiré preguntando, desde cualquiera de los balcones que cuelgan de este cálido laberinto, qué resignar, qué hay que arriesgar para llegar a ser y digo entonces: ¿ser qué?

domingo, 10 de julio de 2011

Volver, no siempre es volver

Por qué estos nervios. Si es solo una más de una secuencia conocida. Por qué esta ansiedad. ¿Tan corroída estaré? ¿Será una premonición? ¿Un sentimiento de culpa? Esperé su llamado en medio de esas preguntas monologas que funcionan como cadena alimenticia: devorando la cola de la más pequeña mientras que la siguiente es devorada por su posterior; esas preguntas que no acaban en ningún porvenir, las que están para marear y detenernos y a las que damos existencia por esa necesidad de intentar anular a nuestro primer respondedor. Sentía como una ansiedad amorosa. Su cara no es por mí. Solo estoy esperando detrás de la línea roja. No hay drogas, no hay armas. No robé. No insulté. No me quiero quedar. Esperaba a que ella, sin mirarme como hacía con los demás, diera la indicación mediando un gesto limpio con su mano de leche y oro negro para que avanzara y pudiera, al cabo, pellizcar mi frente con su mirada. Buenas noches; buenas noches. Documentos, por favor. Sí. ¿Motivo de su visita? Placer y curiosidad. ¿Así que otra argentina curiosa? Sí, argentina. Bienvenida a La Habana. Gracias. Porque tantas veces había querido ver a la Cuba de Fidel; tantas veces me habían hablado del país de la revolución que persiste, tanto había leído, en mi época ya añeja de ideales, que lo que sucedía era, al menos para mi posible estado de consciencia, la materialización de eso que llamamos rotundamente Un Sueño. Y entonces yo, que creía que lo que se imagina cuando es finalmente soñado acaba con la fantasía, tuve que callar y volver a otro, algún otro punto de fuga. Yo, que creía en las bolitas de mierda del aburrimiento que conlleva cierta edad después de la que, por haber visto ya varias cosas e, incluso, haberlas repetido, quedaba como opción la búsqueda de una tranquilidad espiritual, o la maternidad y su trascendencia, en La Habana tuve que atragantar mi especie y purgarme de ron, amor y sal. ¿Qué hiciste, La Habana, entera Cuba, con mis espejos y con las pocas ideas que quedaban sin cuestionar? Mataste mi admiración hacia tu revolución, es cierto, pero en cambio me convenciste en la fe. De gentes. No quiero que seas mi espejo, sino el cristal que miro de lejos. Y no tengo frío, cuando pienso en él. Ay, Leonel, después de aquella noche de Malecón, todavía guardaba respeto a la advertencia: no hablar con los cubanos, solo quieren tu plata, un trago, o casarse con vos. Sabés entender. Llevo reloj, aunque por entera pensé: para qué quería hablar yo con él, si no era por algo a cambio, en todo caso, también. Caminamos noche y es isla, imaginen, no hay fin sino eternidad. Entre su edad que a pesar de todo era la misma que la mía, el hombre bajó de la patrulla y le pidió identificación. ¡Ay, Leonel! ¿Qué hizo Leonel? Señorita, quédese tranquila, es un control, los estábamos siguiendo por las cámaras y ahí nomás, como caña al pez, sacó sus esposas, lo giró y ¡Ay, Leonel! Ya estabas apresado. Vi tus ojos navegar detrás de un rojo que entendí en tristeza, pero mi reloj de ciudad mandaba: es vergüenza, tiene vergüenza, su mentira fue jaqueada. ¿En qué andarás, Leonel? De detrás del vidrio gastado, moviste tus labios soltando un murmullo que no escuché. Te pedí que repitieras, pero el vidrio del carro policial no se mueve. Bajé un pie del cordón, sostuve mi peso con una mano sobre el cristal, acerqué mi oído y de nuevo no pude escuchar y sin embargo ver, descreída todavía, el camino de tu mano yendo a apoyarse contra la mía. Y entendí tus ojos, sentí tu bronca, a pesar de la frontera que fue el vidrio de aquel móvil, entre vos y yo. ¡El Panóptico también es comunista, demonios! En Cuba está prohibido que los cubanos hablen con los turistas. Porque ellos son cubanos y nosotros, turistas. Pero no crean, imperialistas, esto no es un derechazo hacia ustedes. En todo caso, no voy a hablar de política, es que no entiendo nada, nada más que a Leonel y a sus ojos que soltaron por 10 CUC, y desde entonces, caminamos juntos con metros de distancia. Y lo enseñé a Kenya que mientras dibujaba líneas en mi cabeza, trenzas cocidas igualitas a las de su hija, riendo sobre mi regazo, me regaló mi primer y certero deseo de amamantar. Brindó y me dijo: “Por nuestra amistad”. Y le dije: "Ja". Su simpleza es su regalo y el mío, un frasco de shampoo. ¿Dónde estará la libertad? Dijo: juegas con las cartas marcadas y se rió de mí. Me mostraste tu ron, tus habanos; me mostraste el alfeizar de mi rendición y me recordaste la letra de mi primera filosofía: el que abandona, no tiene premio. Me corriste, me cantaste, me hiciste bajar las cartas; me ganaste, me sentiste hermosa, me conquistaste, me emocionaste, me hiciste la hembra que le dicen y tanto que renegué: una hembra de deseo, de fuerza caribeña, me corriste la coma… Cuba, este cartón se metió en tu mar. Solo espero no estar debiendo estas arrugas -¡oh argentinidad!- sino ya haberlas pagado.

viernes, 3 de junio de 2011

De nuestras caras

Quién sos, si te es imposible replicar. Si sonás en otras voces y, sin embargo, en vos está el que habla. Si perdés el control y cambiás de piel. Quién sos. Si intentás disimular. Si incluso a veces depende de los demás. Cuál de todos los que podés ser, es el que sos.

jueves, 26 de mayo de 2011

Escribir

Hay cosas que suenan cliché, o mejor, que son cliché, pero que no por repetidas amansan el efecto. Cuando era chica, mi mamá me decía que no importaba en qué, pero que intentara ser la mejor en algo. Sabemos que hay un momento de la vida en que lo que dicen los padres suena a tedio. Solo porque son grandes y no entienden. Creemos que no saben, que siempre fueron grandes, que nuestro universo les es totalmente desconocido y allá su madurez. Está bien, está bien, ma, decís. A otra cosa. Pasó el tiempo que siempre son años, y conocí en un taller al escritor Esteban Schmidt, quien volvió con lo mismo: tenés que concentrarte en una cosa y desarrollarla. Y esta vez escuché. Lo cual, por supuesto, me complicó la vida. Siempre supuse que mi “cosa” era escribir. Al menos ahí está el único placer que se sostiene y me parece importante. Tengo que sentirme importante, y lo de escritora suena bien. ¿Quién no quiere conocer a un escritor? Se supone que los escritores dicen cosas interesantes, que ven la vida con una mirada trascendente; escupitajean (si acaso existiera la palabra) la realidad evidente para inspeccionar el moco. Y sigue sonando bien. Y en definitiva, lo que queremos es que nos quieran. Es nuestra ley. Están los mejores sobrevivientes; se apuntan buenos lápices de victoria los más sufridos, las mejores víctimas de dramas novelescos y los bondadosos de la especie, infiltrados del cielo, cumplen la proeza sin enfrentarse a contestatarios. Y los demás, los que ni padecimos desmanes ni cobijamos perros o adultos rezagados por el sistema, ¿qué hacemos? Algunos tocan la guitarra, otros tal vez practican yoga, y están esos que se convierten en directivos para alcanzar el fin por vía de poder. Una vez me dijeron algo así como que el chacra del dinero es el mismo que el del afecto. Puede ser que haya entendido mal y que no sea precisamente así. Pero por lo pronto me funciona. Un día me deprimí. Espié el sótano y como si se tratara de una aventura y fuera yo la protagonista de una película de terror, bajé al cuarto en el que –estaba claro, la música lo anunciaba- pasaban cosas malas. Muy malas. ¡Tan malas! Pero había que ir. Estar, retorcerse, masticar mierda, oler a mierda, hacer llorar a los demás (sobre todo fue un gesto importante el de mi hermana abogada rogándome que reaccionara). ¡Ay, también así se consigue! A los que dijeron que el dolor era una elección los aparté de mi vida. ¿Qué saben estos presos del deber ser acerca de lo inevitable? Quedaron los que me ayudaron, los mismos que hoy me piden socorro y me conducen a un extraño terreno de gurú para que repita esas frases que escuché entonces y que, bien sé, no alivian un carajo, con este mismo preámbulo, con el solo atino de dar ánimo, y fe como escribana del dolor, que sabe que por la ventana entra un jardín y que, detrás, el patio sucio siempre está. Que ahí se lava la ropa. Pero que se vuelve a tomar sol. Que se sigue, a hurtadillas. Que se sigue a consciencia. Soy ahora más grande, habito los ácidos espacios del mundo adulto, y entonces descubrí –decía- que mi mamá no era tan ciega: pensaba como Schmidt y eso merece mi respeto snob. Bueno, no importa lo de snob, tiene mi respeto. Y algo más: en eso del sacrificio también tenía razón, ese concepto para mí tan vapuleado, vilipendiado y todas esas palabras divinas que usan los periodistas a sueldo para escribir los epitafios de la farándula. El sacrificio es necesario para que nos quieran, señores, señoras. Qué espectacular. No nos olvidemos que estamos trabajando para la posteridad. Y si parece que me fui de tema, no se crean. Recuerden que soy escritora. Solo mareo para insistir. Sigo hablando de que hay que hacer algo y esto ya lo dije cientos de veces: si no, ¿qué? Si no nos inventamos el pretexto no.pa.sa.na.ran.ja. Y eso es grave. ¿Y saben por qué? Porque podés volverte corrosivo y nadie quiere a los corrosivos. Entonces Schmidt y mi mamá tenían razón. También hay que hacer el esfuerzo -siempre y cuando nos refreguemos con goce en este ceder-: ahora rechazo salidas sin parar, enciendo velas sobre la mesa de la cocina, acaricio a mi gata, cierro internet para no distraerme, uso anteojos para descansar la vista, intento leer dos libros por mes y, si me lo pedís, te escribo una carta a domicilio. El cliché me funciona perfecto y a los que respetan mi ¿vocación?, mi elección: gracias, gracias por quererme.

domingo, 22 de mayo de 2011