lunes, 30 de abril de 2012
Novios, 1
lunes, 19 de marzo de 2012
Cosas chiquitas
Todo lo que me emociona es chiquito. Patti y los labios de Robert en un pequeño departamento de Nueva York o el segundo de una mirada cayéndole a mis ojos. Todo lo que me conmueve es abstracto, como la luz de mi casa, el cuadro de mi familia o la espuma de alguna orilla. Una palabra fuera de tiempo resucita el recuerdo de la señorita altiva y gris que fui y con eso, con eso, simplemente, es suficiente. Y sin embargo… Sin embargo a veces camino buscando monstros, historias compaginadas, almendras nacidas de un cerezo secándose al sol y pido al día cada vez que me despierta que me regale un cuento de ciencia ficción. Risas de pobres inocentes, neones que mi cuerpo rechaza o lo que sea que dé una razón para creer que algo de lo que sucede en esta vida tiene algún sentido. Y duermo sobre sábanas cada vez más caras, sonrío más-me río menos y olvido, a veces, que todo lo que me emociona es chiquito. Que lloramos de nostalgia en recitales que nos tatuamos, que cerramos libros de un golpe de impotencia, que estuvimos presos, muriendo en los rincones más oscuros de nuestra fantasía. Y que sobrevivimos. Que miramos una montaña y juramos compañía para toda esta vida y que todavía sostenemos esa palabra. Que nos gustan el cine, el teatro y la canción. ¡La papada de mi viejo! Cosas pequeñas, ¿no? Cosas que no dan, que incluso a veces quitan, cosas de las que nos queremos alejar porque son tan pequeñas y nosotros, pensamos, estamos para algo mucho peor. Buscamos más historias de Bukowski, más noches, noches, más fuegos, gritos, más plata, más fama, más popularidad, más certezas y sin embargo… Sin embargo ¿pensé? Ponemos lo pequeño en el rincón: el sillón en la esquina del living, la pierna sobre su pierna para dormir abrazados, mirándonos de cerca y respirándolos el olor hasta volver a sentir que todo lo que nos emociona es chiquito. Y asumirlo no es el problema. El problema es olvidar que podemos vivir, todavía y a pesar de todo, entre belleza y poesía.
miércoles, 22 de febrero de 2012
El tiempo
Me debo tiempo. Calidad en el tiempo. Pensar y decidir al tiempo. Me debo algunas partículas elementales –dirían- para conformar la primera base de quien quiero ser. Y, esa, es una deuda seria, señores. Una deuda por la que no deberían dejarnos salir del país. Me debo un par de alpargatas, esto es cierto y no es menor; me debo algo de memoria, también. Me debo una cuota de juventud que todavía no pagué, me debo mi sala vacía, silencio, una escuela real de homónimas miserias. Me debo mirar un poco más al reloj para verlo espeluznante. ¡Necesitamos que nos parezca espeluznante, demonios! Lo es. Me debo melancolía, pasión y una palabra fundamental. Me debo la vida que traje hasta acá. Y, lo que es peor, se la debo, ya, a alguien más. Mientras tanto, mientras no escribo en este blog ni en ningún otro lado, recurro a mis viejos subrayados y se los comparto, si es que todavía están por ahí. Confío –¡Dios mío de dónde he sacado yo las esperanzas!- en que sí.
“…la consciencia del paso del tiempo, que, ante la monotonía ininterrumpida, corre el riesgo de perderse y que está tan estrechamente emparentada y ligada a la consciencia de la vida que, cuando la una se debilita, es inevitable que la otra sufra también un considerable debilitamiento. Se han difundido muchas teorías erróneas sobre la naturaleza del hastío. En general, se piensa que, cuando algo es nuevo e interesante, hace pasar el tiempo, es decir, lo abrevia, mientras que la monotonía y el vacío entorpecen su marcha y hacen que se estanque. No obstante, esto no es del todo exacto. Cierto es que la monotonía y el vacío pueden dar la sensación de estirar el momento, las horas, de manera que se hagan largas y aburridas; pero no es menos cierto que, en el caso de grandes o grandísimas extensiones de tiempo, lo que hacen es abreviarlas, neutralizarlas hasta reducirlas a algo nimio. A la inversa, un acontecimiento novedoso e interesante es sin duda capaz de hacer más corta y fugaz una hora e incluso un día, pero, considerando el conjunto, confiere al paso del tiempo una mayor amplitud, peso y solidez, de manera que los años ricos en acontecimientos trascurren con mayor lentitud que los años pobres, vacíos y carentes de peso, que el viento barre y que pasan volando. Lo que llamamos hastío, pues, es consecuencia de la enfermiza sensación de brevedad del tiempo provocada por la monotonía. Los grandes períodos de tiempo, cuando trascurren con una monotonía ininterrumpida, llegan a encogerse en una medida que espanta mortalmente al espíritu. Cuando un día es igual que los demás, es como si todos ellos no fueran más que un único día; y una monotonía total convertiría hasta la vida más larga en un soplo que, sin querer, se llevaría el viento. La costumbre hace que la conciencia del tiempo se adormezca o, mejor dicho, quede anulada, y si los años de la niñez son vividos lentamente y luego el resto de la vida se desarrolla cada vez más deprisa y se acelera, también se debe a la costumbre. Sabemos perfectamente que introducir cambios y nuevas costumbres es el único medio del que disponemos para mantenernos vivos, para refrescar nuestra percepción del tiempo, en definitiva, para rejuvenecer, fortalecer y ralentizar nuestra experiencia del tiempo y, con ello, renovar nuestra conciencia de la vida en general”. Fragmento de la montaña mágica, Thomas Mann.
miércoles, 14 de diciembre de 2011
Recuerdos
martes, 13 de diciembre de 2011
Reseñas recomendadas
lunes, 5 de diciembre de 2011
Un hombre
Menos me seduce tu inteligente manera de explicármelo todo, que tu deseo por conocer mi opinión. No es tanto que me vuelvan tierna tus caricias dominantes, son más bien tus ojos, cerrados, mirándome así. No son ni tus certezas, ni tu compañía tándem distante y cercana; avasallante, imperativa y comprensiva, lo que me conquista de vos. No. Es mucho más tu risa cuando perdés. No son ni tus sorpresas, ni es tu convicción; no es la corona con la que me corres lo que me lleva a tu cama cada noche... incluso esta noche. Es, en todo caso, la inevitable elección. No era el lugar, no era el momento. No estábamos de acuerdo ni con tu pragmatismo ni con mi devoción. Eramos vos, yo y esta felicidad. Te lo digo a vos, que podrías ser el hombre ideal para cualquier mujer. Y, sin embargo, lo fuiste para mí.
sábado, 5 de noviembre de 2011
En busca de lo irreversible
La idea de la pareja intelectual está terminada. Hay un hombre que no conoce a Bukowski durmiendo en mi cama, y creo que ayer me dejó embarazada. Creo que tengo un hijo en el vientre y creo que es mujer. Todo lo que no soy es historia. El suicidio ya no me parece una opción, tampoco el aborto. Son ese tipo de decisiones que se pueden tomar antes de los 25. Después pasan a ser determinaciones cobardes y desalineadas. Y en eso sí tengo congruencia: no soy cobarde ni quería serlo.
Corro su pierna de encima de mi panza y lo empujo hacia el otro lado de la cama. Salgo del rulo de las sábanas y escucho que me llama. No tengo ganas de responder así que no lo hago. Sé que tengo que hacerme cargo de él, incluso más que de la china que se acomoda adentro como si este cuerpo que habita esta casa fuera un lugar seguro. Intento desenroscar un tarro de jalea de membrillo. Pongo agua a calentar y me apoyo de espaldas contra la mesada, dispuesta a pensar en qué hacer. Y sin embargo solo puedo pensar en que no entiendo por qué cierran tan fuerte los frascos y recuerdo: es por ese tipo de situaciones que a veces pienso en que quiero un hombre como el que duerme en mi cama, que arregla mi auto, pone estantes y me dice entre risas: “No tomes más, hermosa”.
Estoy segura de que si voy y lo despierto y le pido que abra el maldito frasco, él lo va a hacer. Y además va a exprimir las naranjas. Porque él me ama hasta ese punto tan doloroso y puto del amor de saber y aceptar que, sin embargo, yo a veces lo elijo.
Y tenemos piel. Realmente tengo ganas de cogérmelo casi todo el tiempo. Y lo hacemos y él es generoso: jamás termina sin mí. Y si no puedo, él tampoco quiere. Le insisto en que está bien que él goce y que yo después porque eso sí puedo prometerle: nos vamos a volver a ver.
Lu dice que tengo suerte de que me quiera tanto. Yo digo que suerte es otra cosa. Yo que pensaba en un hombre sentado al lado de un hogar, leyendo Pynchon, masturbándose delante mío mientras escribo mi obra maestra. ¿Y ahora qué hago con la negación que me sostenía?, me pregunto y Dios mío, al menos consigo abrir ese frasco.
Entonces saco pan, lo pongo en la tostadora; bajo la intensidad del fuego y silbo. Debería ser más romántica, pienso. Salgo. Compro cereales. Lu dice que tengo que hacer el esfuerzo. Pero yo no era de las que hacen esfuerzos. No creía ni en esfuerzos ni en merecimientos. Pero vuelvo. Preparo el mate, acomodo la bandeja. Dejo el desayuno sobre la mesa del televisor, corro las sábanas y lo miro. No me gusta, pienso. Y lo miro. Tiene ese lunar, y lo miro, aunque tal vez algo lo quiero, y lo miro. Mirar mirar mirar, querer... El me ama y Lu dice y lo que Lu dice me hace mirarlo y sí, lo quiero. Lo destierro de su inconsciencia y le pido que entre, que no piense. Y acaba, otra vez, adentro mío. Otra vez, ya sin preguntar. Faltaba que no me tuviera tanto respeto y me dejara mirarlo para descubrir que lo irreversible estaba, ya, del otro lado. "Fran: estoy embarazada".