jueves, 26 de mayo de 2011

Escribir

Hay cosas que suenan cliché, o mejor, que son cliché, pero que no por repetidas amansan el efecto. Cuando era chica, mi mamá me decía que no importaba en qué, pero que intentara ser la mejor en algo. Sabemos que hay un momento de la vida en que lo que dicen los padres suena a tedio. Solo porque son grandes y no entienden. Creemos que no saben, que siempre fueron grandes, que nuestro universo les es totalmente desconocido y allá su madurez. Está bien, está bien, ma, decís. A otra cosa. Pasó el tiempo que siempre son años, y conocí en un taller al escritor Esteban Schmidt, quien volvió con lo mismo: tenés que concentrarte en una cosa y desarrollarla. Y esta vez escuché. Lo cual, por supuesto, me complicó la vida. Siempre supuse que mi “cosa” era escribir. Al menos ahí está el único placer que se sostiene y me parece importante. Tengo que sentirme importante, y lo de escritora suena bien. ¿Quién no quiere conocer a un escritor? Se supone que los escritores dicen cosas interesantes, que ven la vida con una mirada trascendente; escupitajean (si acaso existiera la palabra) la realidad evidente para inspeccionar el moco. Y sigue sonando bien. Y en definitiva, lo que queremos es que nos quieran. Es nuestra ley. Están los mejores sobrevivientes; se apuntan buenos lápices de victoria los más sufridos, las mejores víctimas de dramas novelescos y los bondadosos de la especie, infiltrados del cielo, cumplen la proeza sin enfrentarse a contestatarios. Y los demás, los que ni padecimos desmanes ni cobijamos perros o adultos rezagados por el sistema, ¿qué hacemos? Algunos tocan la guitarra, otros tal vez practican yoga, y están esos que se convierten en directivos para alcanzar el fin por vía de poder. Una vez me dijeron algo así como que el chacra del dinero es el mismo que el del afecto. Puede ser que haya entendido mal y que no sea precisamente así. Pero por lo pronto me funciona. Un día me deprimí. Espié el sótano y como si se tratara de una aventura y fuera yo la protagonista de una película de terror, bajé al cuarto en el que –estaba claro, la música lo anunciaba- pasaban cosas malas. Muy malas. ¡Tan malas! Pero había que ir. Estar, retorcerse, masticar mierda, oler a mierda, hacer llorar a los demás (sobre todo fue un gesto importante el de mi hermana abogada rogándome que reaccionara). ¡Ay, también así se consigue! A los que dijeron que el dolor era una elección los aparté de mi vida. ¿Qué saben estos presos del deber ser acerca de lo inevitable? Quedaron los que me ayudaron, los mismos que hoy me piden socorro y me conducen a un extraño terreno de gurú para que repita esas frases que escuché entonces y que, bien sé, no alivian un carajo, con este mismo preámbulo, con el solo atino de dar ánimo, y fe como escribana del dolor, que sabe que por la ventana entra un jardín y que, detrás, el patio sucio siempre está. Que ahí se lava la ropa. Pero que se vuelve a tomar sol. Que se sigue, a hurtadillas. Que se sigue a consciencia. Soy ahora más grande, habito los ácidos espacios del mundo adulto, y entonces descubrí –decía- que mi mamá no era tan ciega: pensaba como Schmidt y eso merece mi respeto snob. Bueno, no importa lo de snob, tiene mi respeto. Y algo más: en eso del sacrificio también tenía razón, ese concepto para mí tan vapuleado, vilipendiado y todas esas palabras divinas que usan los periodistas a sueldo para escribir los epitafios de la farándula. El sacrificio es necesario para que nos quieran, señores, señoras. Qué espectacular. No nos olvidemos que estamos trabajando para la posteridad. Y si parece que me fui de tema, no se crean. Recuerden que soy escritora. Solo mareo para insistir. Sigo hablando de que hay que hacer algo y esto ya lo dije cientos de veces: si no, ¿qué? Si no nos inventamos el pretexto no.pa.sa.na.ran.ja. Y eso es grave. ¿Y saben por qué? Porque podés volverte corrosivo y nadie quiere a los corrosivos. Entonces Schmidt y mi mamá tenían razón. También hay que hacer el esfuerzo -siempre y cuando nos refreguemos con goce en este ceder-: ahora rechazo salidas sin parar, enciendo velas sobre la mesa de la cocina, acaricio a mi gata, cierro internet para no distraerme, uso anteojos para descansar la vista, intento leer dos libros por mes y, si me lo pedís, te escribo una carta a domicilio. El cliché me funciona perfecto y a los que respetan mi ¿vocación?, mi elección: gracias, gracias por quererme.

jueves, 19 de mayo de 2011

Casi todo

Hoy no pude trabajar. Hoy fumé cinco cigarrillos de día. Hoy no terminé el almuerzo ni tiré lo que sobró: sigue arriba de la mesada. Hoy me arañó mi gata. Hoy me olvidé la tarjeta en el cajero. Hoy tengo ojeras, más. Hoy siento frío y está la calefacción encendida. Hoy me preguntaron cómo estoy, en la verdulería de siempre. Hoy no escuché música. Hoy me equivoqué dos veces el nombre de alguien. Hoy, alguien no se enojó. Hoy me resfrié. Hoy me dio un calambre. Hoy pensé en cancelar el viaje. Hoy odié a alguien que no sé. Hoy no le atendí el teléfono a mi papá. Hoy vi al cielo como a la Cordillera de los Andes desde un avión. O como a la espuma en el lago de mi sueño. Hoy no hice deporte. Hoy no contesté preguntas. Hoy me permití no entender y mirar una película de humor yanqui. Hoy le dije a mi mamá que la amo. Hoy me reí solo con la boca. Hoy no intenté entender. Hoy puedo decir todo lo que hice. Hoy puedo decirlo todo, menos qué día es hoy.

domingo, 8 de mayo de 2011

Una pluma más, un jazmín menos

Cada vez que me dispongo a esperar mi cumpleaños, una sensación de lágrima atragantada, una especie de psoriasis dialéctica que aburre, que cansa, que se vuelve odiosa; una evidencia de mi pesimismo existencial, de mi construcción de mundo pre menstrual, llena todos los espacios. Y los que me rodean, quienes todavía me escuchan y quienes empiezan a hacerlo, a veces no entienden que esta es tan solo una de mis formas de felicidad. Y se sofocan. Que aunque parezca derrotada, víctima de lo que a la mirada no se le escapa, sin embargo me busco en la verdad y en el peor de los escenarios, solo por si acaso, y también porque sí. Porque dentro del mar de males se encuentra el bien: no es al revés, no es al revés. Tal vez una defensa, tal vez un estado real. Será que intuyo más de lo que puedo explicar. Como sea, se trata de la búsqueda de sentirme viva, cada vez, de la atención puesta ante el riesgo de olvidar que más allá de la supervivencia, está la vida; mucho más allá de la existencia, que impera porque está dada y que nos ata a nuestros centros y nos quita de la dulzura de los márgenes, está la vida. ¡Y qué egos cerrados manejan a quienes se niegan a asumir que lo irreversible existe, y estalla de significados! Un amor ya mutado me lo enseñó: hay que elegir incansablemente y saber que mientras los deseos nos impulsan solo las ideas nos salvan. Y gracias por eso. Entonces celebro cuando no pierdo la cuenta, aunque sea la cuenta de decir ¡demonios! un año nuevo es uno menos. Uno que ni la sabiduría que conlleva el taladro que baja el número perdona a lo que se va. El jardín pierde sus jazmines, el pasto se fortalece. La ecuación nos determina, y está bien. Necesito del olor y necesito de mis pies, que es decir que necesito de mis sensaciones y de mi razón. Cumplir años me conmueve, amigos, pero no teman, que el hecho de que construya ensayos no deshoja mis ilusiones, solo afirma algunas ideas a las que quiero por el peso que está en mí, y también por convicción. Todos mis caminos, incluso los más rebeldes ¡los más amados!, conducen a la aceptación.

domingo, 1 de mayo de 2011

Medí tu acrobacia, y saltá

Me fui de viaje. Y soy así: me gusta ser una chica con actitud de hombre. Casi siempre. Pero más cuando estoy de viaje y cuando juego al truco. Estábamos arriba de una montaña, fisgoneando un lago a nuestros pies. En el lago había espuma, lo juro: el lago tenía espuma, como si se tratara de un lago iodado. Supongo que estábamos a unos veinte metros de altura. Aunque bien podrían haber sido cincuenta, cien, o cinco. Nunca supe medir distancias, tampoco personas. Pongamos que los metros no parecían tantos si nos dedicábamos a contemplar el lago, pero la percepción los transformaba en muchos si se nos ocurría saltar. Cosa que se me ocurrió. Una vez me contaron que hay una técnica para saltar a un espejo de agua desde mucha altura: es fundamental cubrirse las costillas. Socialicé este conocimiento y tres de los siete que mirábamos el lago, dijimos que sí. Caminamos hasta que encontramos un lugar que nos preció el indicado para saltar, básicamente porque tenía un buen espacio para tomar envión. No me animé a ser la primera. Suele pasarme que creo que me animo a más de la cuenta y cuando llega el momento de pagar tengo el impulso de retroceder. Y como pensé que probablemente los tres nos encontrábamos influenciados por una sensación similar, y para descomprimir un poco, dije algo que suelo decir cada vez que entro en el mar, y es que si muero por favor le cuenten a mi mamá que estuvo bien, que morí de una forma feliz, si es que acaso existe la felicidad del otro lado de este sótano. De verdad, creo que ya que morir es obligatorio, jugar a elegir cómo experimentar la obligación es bastante más interesante que, simplemente, aceptarla. Mis amigos se rieron y me dijeron que morir no sería una historia en sí, sino el final de mi vida, que el problema sería quedar vegetal o sobrevivir. Típico. Yo por supuesto no estuve de acuerdo pero elegí reír. Sin embargo, no nos estaba funcionando. La visión de la espuma retorciendo la quietud me provocaba temblor en la parte trasera de las rodillas. Uno de los tres bajó la guardia que nos imponía la necesidad de ser valientes, esta necesidad que va siendo desplazada por la modernidad, y preguntó: ¿Estamos seguros de lo que vamos a hacer? ¿Cuándo se está seguro de algo? Siempre pensé que solo los abogados tienen ese privilegio, no por astutos, sino por amparados y soberbios. No lo sé, dijo mi otro amigo, es agua, no puede ser tan peligroso. ¿Sabemos qué profundidad tiene el lago?, preguntó el primero. Oigan, los lagos son profundos, el problema no es el fondo sino lo que puede haber bajo el agua, dije yo. Sí, eso es cierto, asintieron, y agregaron que para hacerlo teníamos que saltar con fuerza hacia adelante, para no caer en el margen por donde entra la montaña al lago. No creo que sea tan peligroso, piensen que hay gente que salta desde la roca que está justo al lado, y es básicamente lo mismo, lo que nos diferencia está en el aire y en la intensidad de la caída, no en el agua en sí, contesté. Puede ser, insistió el primero de mis amigos, no muy convencido, pero por las dudas acordémonos de tomar envión. Sí, pero realmente no creas que tenés la montaña ahí, los lagos se hacen profundos en seguida, seguí. ¿Desde cuándo sabés tanto de lagos?, me preguntaron. Desde que los odio, contesté, nunca me gustaron, son escondedores, peligrosos, fríos. Ah, vos sos irónica, ¿odiás el lago y pensás desafiarlo así?, me increpó el primero de mis amigos y un sonido compacto, como de un golpe de box, nos llamó la atención. Me agarré del brazo de mi amigo y cuando entendí que estábamos solos, lo apreté con toda la capacidad de mi fuerza. Leo había saltado. Y Marcos, estirando su cuello e inflando los agujeros de su nariz, intentando parecer tranquilo, descargó su verdad clavando sus yemas en mi mano. Miramos el agua que primero se extendió en círculos hacia afuera, como haciendo de la superficie un remolino plano, y después se fue aquietando hasta quedar detenida, en su demostración cabal de ser un extraño paradigma sin vida. Cuando la espuma volvió a su retuerzo normal escuché a Marcos exclamar Dios. Y sentí como si un agujero estuviera expandiéndose adentro mío. Era culpable, lo había provocado todo. Los había empujado a sentirse valientes delante de mí, delante de ellos, ante sí mismos. Y en verdad no estaba segura de que la montaña no estuviera en el borde del lago. Los había obligado a no cuestionar su irracionalidad, sin fundamentos, los apuré para que no pensaran, los había mareado con mi feminidad y con mi humor. Marcos corrió mi mano de su brazo y volvió a decir: Dios. Me di vuelta para no mirar, no podía seguir viendo el lago. Y mientras pensaba en decirle a Marcos que teníamos bajar, un tirón en el brazo me devolvió la reacción y, como en un reflejo, me puse a saltar. Leo había aparecido. Tenía el pelo aplastado sobre su frente y gritaba: Es lo más increíble que hice en mi vida, deliranteeees. Sonreí apoyando los dientes sobre mis labios, tragué una gota de saliva que crepitaba en mi garganta y dije: Sigo yo. Caminé hacia atrás y tuve la certeza de que las venas de mis pantorrillas se estaban contrayendo, de que los dedos de mis pies perdían firmeza, se alivianaban como plumas. Tenía que saltar con fuerza. Marcos insistía con que era importante tomar envión, y me daba indicaciones que no pude escuchar. Estaba nerviosa. Solo me detuve en la necesidad de volar. Las costillas no importaban, no las iba a estallar. Leo estaba en el agua, agitaba sus brazos, daba vueltas carnero dentro del lago, y eso me aliviaba. Lo veía sonreír, lo escuchaba gritar como al eco de alguna vieja historia que se repite cada vez más leve, hasta que otra voz la vuelve a pronunciar. Estaba lista, había llegado hasta ahí y tenía que hacerlo. Saltar, saltar, solo saltar y volar. Volar no era un privilegio, ahora era una posibilidad y si no quería correr riesgos tenía que saberme pájaro, saltar y volar hacia adelante y en un momento de inquietud, cuando pensar se vuelve el primer recurso a abandonar, apreté el reborde de los ojos, levanté la piel de la frente, di dos largos pasos, y salté. El dedo gordo de mi pie se dobló sobre la roca y tuve la reacción de volver hacia atrás, pero ya era tarde: estaba en el aire, girando los brazos como si fueran hélices, intentaba volar. Necesitaba volar, necesitaba alejarme del borde; grité, grité fuerte desde la sangre de mi garganta mientras seguía girando los brazos. Pero no avanzaba: nosotros no podemos volar, nosotros, con suerte, caminamos. Nosotros somos tierra. Y a medida que iba cayendo, iba sabiendo que no había vuelta atrás. Vino el plaf en el agua, la visión de una bola efervescente, el mareo de girar dentro del líquido dorado. Y el dolor. Mi cadera se había golpeado contra la montaña. Las burbujas entraban por mi nariz, se atragantaban contra mi cara, contra mis brazos que remaban hacia arriba, buscando aire para respirar. Una luz intensa me abrió los ojos. El hombre de blanco sonrió y noté la impaciencia en su gesto. Mi mamá me contó, algunas semanas después, que mis gritos se escucharon desde la entrada del hospital.